lunes, 17 de marzo de 2014

Flora de Huérmeces y alrededores


        A pesar de las duras condiciones climáticas y de suelo que sufren estas tierras, puede afirmarse que existe una cierta diversidad botánica, acentuada hacia el Norte y Este y aminorada hacia el Sur y Oeste del término municipal. Es difícil realizar un cálculo relativo al número de especies vegetales que viven aquí, pero disponemos de un "Estudio Florístico de las Comarcas de La Lora y Páramo de Masa", realizado a finales de los ochenta por Pablo Galán Cela. (1)  En el se registran más de un millar de especies vegetales diferentes para éstas dos Comarcas vecinas, predominando ligeramente las plantas de carácter mediterráneo sobre las de carácter euroasiático. Lógicamente, en los alrededores de Huérmeces no se alcanza esa cifra, pero es precisamente a partir de nuestro pueblo donde la riqueza botánica comienza a ser más evidente.

            La primera especie en florecer, durante los últimos días de DICIEMBRE y los primeros de ENERO, es el eléboro (Helleborus foetidus), planta que mantiene una tonalidad verdosa incluso en sus flores, inconfundible por su desagradable olor, y que constituye la primera muestra de vida sobre los desolados paisajes invernales de nuestra tierra, manteniendo su floración durante las primeras semanas del año y fructificando (en forma de dos o tres cuernos verdosos) durante enero y febrero. Encontraremos eléboros sin dificultad en bosques, matorrales, terraplenes, roquedos y una amplia variedad de medios.

Eléboro (Helleborus foetidus) en Cotillos
           A últimos de MARZO, y durante primeros de abril, es el piculillo (Narcissus bulbocodium) el que inunda praderas y terrenos húmedos no cultivados. Antes de la roturación de La Pradera, en el año 1966, éste narciso enano invadía completamente éste paraje, tiñéndolo de un intenso color amarillo. Hoy, únicamente en la pradera de Úrbel del Castillo podremos contemplar un espectáculo semejante.

            Durante  ABRIL, el endrino (Prunus spinosa) nos obsequia con su aromática y blanca flor. Para recoger las "andrinas" y elaborar pacharán tendremos que esperar hasta mediados de septiembre, aunque mejor aún es recolectarlas durante los meses de octubre y noviembre, pues es entonces cuando su grado de madurez es óptimo, y con un sólo mes de maceración en anís obtendremos un pacharán delicioso.

Endrino (Prunus spinosa) en el manantial de Valdeporros
            Durante éste mes de abril, la floración de varias especies constituye el claro indicio del despertar primaveral. Así sucede con dos especies de llamativa floración amarillenta: las prímulas o primaveras (Primula elatior), que crecen en lugares umbríos, y las adonis vernales (Adonis vernalis) que lo hacen en sitios despejados; las pequeñas violetas (Viola arvensis, Viola odorata) también son de las primeras en florecer. Los majuelos (Crataegus monogyna) tampoco tardarán en mostrar su expléndida y olorosa floración blanquecina.

Adonis vernal en Buen Tudanca
 
Violeta en Val

            A últimos de abril y primeros de mayo, comienza la verdadera explosión de color que anuncia la primavera. Los lirios morados (Iris germanica) crecen en las cercanías de huertos y aldeas (merece la pena el espectáculo que durante los últimos días de abril puede contemplarse en el cerro que alberga la ermita visigótica de Santa Centola y Santa Elena en Siero-Valdelateja).

Los guillomos (Amelanchier ovalis) despliegan por montes y vallejos su blanquecina y fragante floración, los gamones (Asphodelus albus) invaden nuestras parameras y lastras (la Peña Amaya, con sus más de 1.300 metros de altitud, queda convertida en un mar blanco durante los primeros días de mayo). Una planta humilde pero de espectacular floración es el carraspique (Iberis carnosa), que tapiza de blanco los terrenos pedregosos.


Carraspique (Iberis carnosa) en El Roble
Guillomos en flor, Valdegabas

            Las pequeñas ORQUÍDEAS SILVESTRES invaden, desde mediados de MAYO hasta primeros de julio, parameras, herbazales húmedos y cunetas. Aunque de dimensiones mucho más modestas que las exóticas orquídeas brasileñas que venden en cualquier floristería, las nuestras nada tienen que envidiar en cuanto a belleza y originalidad. Las orquídeas constituyen la máxima evolución de las plantas con flores, llegando hasta el punto de imitar en sus formas florales la apariencia de determinados insectos polinizadores, para así asegurar al máximo su reproducción. De entre la seis o siete especies que podemos encontrar por nuestros campos, destacaremos las tres más comunes: la orquídea piramidal (Anacamptis pyramidalis), que es la mejor adaptada a los lugares relativamente secos (cunetas y terrenos pedregosos); el satirión manchado (Orchis maculata), sin duda la más abundante y versátil, ya  que su floración puede variar desde el blanco al violeta, pasando por toda la gama de rosados, y su altura oscilar entre menos de un palmo (las que crecen en los lugares más secos y pedregosos) y cerca del metro (aquellas que crecen al lado de arroyos o sobre prados y terrenos encharcados); la orquídea abeja (Ophrys sphegodes), a pesar de ser la modesta en talla es, sin duda, la más original de todas. Sus flores, de tonalidad amarillenta y en número de una a tres, semejan la forma de una abeja posada sobre una hierba, por lo que las visitas de éstos eficaces polinizadores nunca le faltan; en los alrededores de la fuente de la Chopera de Valdegoba podremos encontrarla sin dificultad a principios del verano.

Peonía o cornavario (Paeonia microcarpa), la flor más llamativa de Huérmeces
  
            Durante la segunda quincena de mayo florece la especie más llamativa y la que más connotaciones de todo tipo nos ofrece: la peonía o CORNAVARIO. Planta considerada maldita o venenosa en algunos sitios (Extremadura), medicinal e incluso milagrosa en otros (Cataluña), no pasa desapercibida en ninguno. Los extremeños la llaman "matagallinas", "oinlodi" los vascos, "rosa de la Mare de Déu" o "pelònia" los catalanes, "casadillas" los pueblos vecinos de Huérmeces, y "rosa de Santa Clara", "rosa montesina", "rosa de lobo" o "erva casta" en otros lugares, ya que escasas son las montañas que no albergan a una de las cuatro especies de peonía que habitan en la península Ibérica; únicamente Galicia y la vertiente norte de las cordilleras cantábrica y pirenaica se ven privadas de la presencia de las peonías.

           En los montes de Huérmeces crece la más humilde de las peonías ibéricas, la denominada por los botánicos como Paeonia humilis (Paeonia microcarpa), mientras que en Andalucía crece la Paeonia coriacea y en Extremadura, el Sistema Central y otras montañas del centro y sur peninsular lo hace la Paeonia broteroi, ambas de mayor porte que nuestro cornavario. En Valderredible (sur de Cantabria) crece la Paeonia mascula. Si algún día viajáis por Grecia, descubriréis peonías blancas, y si lo hacéis por el Caúcaso, amarillas.

            En latitudes más cálidas que la nuestra, la peonía comienza a florecer a mediados de abril y, según nos cuenta el botánico catalán Píus Font i Quer, "es posible que la costumbre catalana o barcelonesa de celebrar con profusión de rosas la fiesta de San Jorge arranque de un cambio de protagonista, porque la rosa de Sant Jordi es, realmente, la peonía".

                        Ya los botánicos griegos se fijaron en ella y pronto le atribuyeron multitud de virtudes, entre las que destacan la de ahuyentar al demonio, curar la epilepsia o facilitar la dentición infantil. Puede que las tradicionales ofrendas florales con que las mujeres de la zona adornaban los altares a últimos de mayo, o los collares que a base de semillas de cornavario confeccionaban en verano para colgarlos alrededor del cuello de sus hijos tengan mucho que ver con éstas virtudes ancestralmente atribuidas a la peonía. No tenemos noticias, sin embargo, de que alguna vez por éstas tierras se llegara a elaborar el famoso brebaje antiepiléptico compuesto por "raíz de peonía, cráneo humano, uña de alce, jacinto y oro batido". Los galenos clásicos aseguraban, también, que la peonía servía para tratar las menstruaciones excesivas, ya que uno de los componentes de la raíz de peonía, la peregrinina, actúa sobre el útero y provoca la contracción de los capilares sanguíneos. De todas formas, su virtud más llamativa y socorrida es, sin duda, la de mantener a raya a espíritus malignos, fantasmas, brujas y demonios, por lo que nunca estará de más llevar en el bolsillo un par de semillas de peonía cuando nos adentremos en el monte, de noche y con luna llena.

            Para observar el espectáculo de la peonía en flor, os recomiendo un viaje a Huérmeces alrededor del 25 de mayo, y una excursión a la ladera norte de la Peña Itero, dónde se halla la mayor concentración de peonías de la Comarca, ofreciendo un bello contraste con la floración amarilla de las aulagas (Genista scorpius). Más al norte de nuestro pueblo, en los páramos de Los Altos (Dobro) y La Lora, encontraréis peonías sin dificultad.

      Si os empeñáis en recolectar peonías para adornar algún jarrón, recordad que su conservación como flor cortada es más bien deficiente (dos o tres días a lo sumo, en sitio fresco) y tened la precaución de cortar las que aún no están abiertas, pues de lo contrario cuando lleguéis a casa los pétalos ya estarán a punto de caerse. Y si lo que queréis es sembrar peonías en el huerto o en una jardinera, olvidaros de enterrar las semillas en primavera, pues las posibilidades de éxito son muy limitadas.

      Después del verano (septiembre-octubre), cuando la planta se encuentra en reposo vegetativo (sobre todo si el verano ha resultado seco) puede desenterrarse la gruesa y ramificada raíz del cornavario; con paciencia, procurando no dañarla en exceso, especialmente sus brotes, que ya en esa época se encuentran desarrollados; lo más rápidamente posible la "transplantaremos" al huerto o tiesto de destino, procurando que disponga de humedad e insolación suficiente a la salida del invierno. Puede que durante el primer año se limite a desarrollar el follaje, sin llegar a florecer, pero a la primavera siguiente nuestra paciencia se verá recompensada, y ya ningún año faltará a la cita.

            Según avanza el mes de JUNIO, entran en floración la práctica totalidad de especies de nuestros campos: el saúco (Sambucus nigra), la madreselva (Lonicera sp.), los rosales silvestres, escaramujos o tapaculos (Rosa canina), la zarzamora (Rubus ulmifolius, Rubus caesius), el cornejo (Cornus sanguinea), el agracejo (Berberis vulgaris), las malvas (Malva sylvestris, Malva moschata) y la hierba de San Roberto (Geranium robertianum), invadiendo baldíos, cascajares, umbrías y solanas.

            Durante JULIO y AGOSTO, florecen aquí especies que en otros lares lo hacen con varias semanas de antelación; así, en montes y parameras crecen la dedalera (Digitalis parviflora), la siempreviva (Helichrysum stoechas), la cuchara de pastor (Leuzea conifera), el té de roca (Jasonia glutinosa), la hierba mosquera (Inula montana), etc.

La siempreviva (Helichrysum stoechas), la especie de floración estival más abundante en las estepas calizas de Huérmeces (Alto de Valdegoba)

            También en verano, los linderos de fincas, las cunetas y arcenes de caminos y carreteras se llenan de color; así sucede con la achicoria (Cichorium intybus), el yezgo (Sambucus ebulus), el gordolobo (Verbascum pulverulentem), el cardo común (Cirsium arvense), el cardo lechar (Scolymus hispanicus), la carlina (Carlina vulgaris), el ajenjo (Artemisia alba), el lampazo (Arctium minus), el meliloto (Melilotus officinalis), el melgón (Medicago sativa), la centaurea (Centaurea scabiosa), la milenrama (Achillea millefolium), la esparceta (Onobrychis viciifolia),...

            ¿Quién no ha jugado a lanzar las auto-adherentes bolas del lampazo contra el primer jersei que se cruzara en nuestro camino? ¿Quién no ha oído el refrán de "la tierra del yezgo no se la des al yerno, dale la del helecho que le será de más provecho"? ¿Quién no se ha preparado una infusión de té de roca para calmar los efectos de una comilona?...

            También durante el verano las RIBERAS DE RÍOS Y ARROYOS se convierten en efímeros jardines botánicos en los que abundan el lirio amarillo (Iris psaudacorus), la menta de agua (Menta aquatica), la salicaria (Litrum salicaria), el epilobio (Epilibium hirsutum), la sanguisorba (Sanguisorba officinalis), la filipéndula (Filipendula ulmaria), los equisetos  (Equisetum arvense), el poleo (Mentha pulegium) y la lisimaquia (Lisimachia vulgaris), predominando los tonos amarillos, carmesís y blancos. En las aguas del Úrbel también viven el nenúfar amarillo (Nuphar lutea), con sus flotantes hojas, y el gordolobón (Typha latifolia), con sus despeluchables "puros". Los berros (Nasturium officinale), lejos ya de su climax culinario (deben recogerse desde últimos de diciembre a últimos de febrero), abundan en las limpias aguas de Fuente La Hoz.

            Las últimas semanas del verano son pródigas en tormentas, cuyos aportes hídricos son aprovechados por plantas como los quitameriendas (Colchicum autumnale, Merendera montana), que ya a finales de agosto tiñen de morado eras y herbazales, páramos y laderas calizas.

            En cuanto a SETAS, fueron los seteros foráneos (vascos y catalanes) los que nos convencieron de que la seta de cardo (Pleurotus eryngii) no es la única especie comestible que crece por estos lares. La seta de mango azul (Lepista personata) aparece por doquier, en herbazales de páramos y laderas, pero la ubicación exacta de los "setales" sólo pertenece a la memoria de un puñado de nativos. El champiñón silvestre (Agaricus campester) es mucho menos abundante que las dos anteriores, pero se encuentra sin dificultad en parajes como Buzón y La Coronilla. A pesar de la abundancia de boletos (Boletus sp.) y rúsulas (Russula sp.), ambas especies no son muy aprovechadas por los seteros de aquí. Por último, no olvidar que en los otoños húmedos merece la pena pasear por los pinares de Las Traseras de Navas, El Páramo y Valmares, donde abundan los níscalos (Lactarius deliciosus). En primavera, la seta más apreciada es el perrechico o seta de San Jorge (Tricholoma Georgia o Calocybe gambosa), que crece escondida entre los herbazales de Valdegoba, bajo espinos y endrinos.


(1) GALÁN CELA, P. (1990). Contribución al estudio florístico de las comarcas de la Lora y Páramo de Masa (Burgos). Fontqueria 30: 1-117

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