sábado, 5 de septiembre de 2026

Quintanajuar: el pueblo que fue (entre Cernégula y Masa)


Los monjes sabían escoger los paisajes más hermosos para establecer en ellos sus monasterios y es indudable que los cistercienses tenían cierta predilección por los amenos valles 

Debo reconocer que, si despertó en mi el interés por la vida tradicional de Quintanajuar, se debió al hecho innegable y triste de que caminaba hacia su desaparición

Orencio González Carballeda, "Quintanajuar (mi pueblo)"

 


Quintanajuar es solo un recuerdo. Un recuerdo balizado por las ruinas de una iglesia y su torre, los altos muros semiderruidos de un cementerio, los restos de un palomar, las cuevas eremíticas de la Peña de San Martín y, un poco más alejados, los paredones de un también arruinado colmenar. 


La torre de Quintanajuar asoma, con la tapia del cementerio a la izquierda y el Alto las Cruces al fondo


Quintanajuar se había muerto, demográficamente hablando, en 1965, aunque su acta de cremación se extendió el 20 de septiembre de 1978, cuando un pavoroso incendio calcinó casi todo el abandonado caserío del pueblo; tan solo se salvó la iglesia. Fue al poco cuando su entonces propietario decidió arrasar con todo lo no consumido por las llamas, utilizando piedras y adobes en la construcción de una pequeña balsa de agua y en el arreglo de caminos locales. 

De esta lastimosa manera se ponía fin a la larga historia de un emblemático lugar, originado en tiempos remotos, en forma de humildes eremitorios, y consolidado ya muy avanzado el siglo XII, en forma de monasterio bernardo.


La torre de la iglesia  asoma tímidamente, según se acerca el caminante por el camino de La Cabañuela


Y es que el paraje reunía todas las condiciones para albergar un asentamiento humano: un suave vallejo orientado al sureste, protegido del frío por las alturas circundantes; suficientemente rico en aguas y pródigo en rojizas tierras con buenas aptitudes agronómicas y pastoriles; punto de enlace entre el valle del Ubierna y el áspero páramo de Masa; en suma, un buen sitio para vivir.

Hoy en día, el antiguo término de Quintanajuar (14 km2) se encuentra dividido en dos propiedades principales: una explotación agropecuaria que ocupa la mitad nororiental del término, incluido el paraje en el que se asentaba el pueblo; y una explotación ganadera que ocupa la mitad suroccidental, donde pasta la conocida ganadería de bravo de Antonio Bañuelos y sus "toros del frío".


MTN50-Hoja 167 (1955) Límites del antiguo término de Quintanajuar con los términos colindantes


QUINTANAJUAR: ONCE SIGLOS DE HISTORIA

I. LOS ORÍGENES EREMÍTICOS 

En un principio, y tal y como sucedió en otros tantos lugares, fueron eremitas los primeros habitantes fijos del lugar. Aprovecharon las pequeñas cavidades que se despliegan por todo el cortado calizo de la Peña de San Martín.


A la izquierda, Peña de San Martín, desde el camino de Sedano; al fondo, sombreada, la iglesia

Se trata de cavidades de escaso desarrollo, aptas para poco más que para dormir y guarecerse de las inclemencias meteorológicas. Orientadas al oeste y al suroeste, necesitarían de algún tipo de cerramiento para que sus moradores soportaran los temporales lluviosos del ábrego.


Cavidades de la Peña de San Martín; a la izquierda, antiguo camino de Quintanajuar a Sedano


La Peña de San Martín sobresale apenas 30 metros sobre el fondo del vallejo creado por el arroyo de Quintanajuar, y se sitúa a apenas 250 metros al nordeste del emplazamiento del pueblo.



Cavidades de la Peña de San Martín 

Resulta sencillo imaginar la labor asistencial que realizarían aquellos eremitas, otorgando refugio y ayuda a los viandantes en los días más duros del invierno; recordemos que el lugar se encontraba al lado de un transitado camino y a la entrada de una estrecha vaguada que comunicaba el valle del Homino con el páramo.


La Peña de San Martín, a tiro de piedra desde la iglesia de Quintanajuar


[las tierras comprendidas entre Cernégula, Quintanajuar, La Cabañuela y Hontomín constituyen un buen ejemplo de "captura hidrológica por erosión remontante"; de esta manera, el río Homino, afluente del Oca (Cuenca del Ebro), captura aguas del Ubierna, afluente del Arlanzón (Cuenca del Duero); el río Homino profundiza su cabecera a una velocidad mayor que el Ubierna la suya, debido a la mayor pendiente y caudal existente en aquella]


II. LA CONSOLIDACIÓN POBLACIONAL: EL CONVENTO DE MONJES BERNARDOS (CISTERCIENSES)

Las primeras donaciones de Alfonso VII se produjeron en 1139 y 1142, cuando entrega al monje eremita Cristóbal ciertos bienes (entre ellos, una iglesia en ruinas) para que pudieran seguir practicando su santa vida. En 1150, el rey reinicia sus donaciones y confirmaciones, haciéndolo ahora a favor de los "hermanos" Martín y Juan, quizás los eremitas más perseverantes. Nuevas donaciones hacen referencia a la iglesia de Santa María, sin mencionar a monasterio alguno.

Habría que deducir que la comunidad monástica comienza a dar sus primeros pasos serios a partir de aquel 1150. Existe un vacío documental hasta 1170, cuando aparece citado por vez primera el Abad don Martín, posiblemente aquel eremita "hermano" de Juan que aparece en 1150. Es entonces cuando se produce la primera alusión a la regla de San Bernardo.

[las primeras referencias documentales de Quintanajuar datan, pues, de los años 1139, 1142 y 1150, y aparecen en el cartulario de Santa María de Rioseco, en diplomas por los que Alfonso VII dona diversos bienes a algunos monjes del lugar: Quintana Sueri (04-09-1139), Quintana Suarii (04-09-1142), Quintana Suar (14-02-1150) y Quintana Suuar (14-02-1150), con el significado de Quintana de Suar o Suario, nombre propio que aparece en la onomástica astur como Suarius]

Se supone que aquel primer templo monasterial fue siempre un edificio humilde y hasta pobre, ya que continuó siendo una simple ermita hasta el siglo XVII, cuando alcanzó la categoría de parroquia. Lo mismo podría decirse del resto de las construcciones que lo rodearon.


Escudo cisterciense del "convento" de Quintanajuar


[Orencio González Carballeda realizó un dibujo del escudo en piedra de la Congregación Cisterciense de Castilla (Congregación de San Bernardo), que se encontraba incrustado sobre el dintel de la puerta de acceso al "convento" de Quintanajuar; hacia 1973, los entonces dueños del lugar, Herederos de Nazario González Zorita, decidieron arrancarlo de su emplazamiento original para trasplantarlo al chalet de La Cabañuela; en cierta medida, se impidió así su desaparición definitiva, vistos los efectos del incendio de 1978]

De todas formas, la documentación deja claros los deseos de Alfonso VII de fundar un monasterio cisterciense, así como la finalidad repobladora y colonizadora en una zona que años antes había quedado asolada por una supuesta plaga de garrapatas, que acabó con el ganado, sustento principal del lugar.


Blasón de la Congregación de Castilla (Monasterio de Montesión, Toledo)


La existencia del monasterio de Quintanajuar se prolongó durante más de treinta años, ya que hacia 1184 los monjes se habían trasladado a San Cipriano de Montes de Oca, ya en tiempos de Alfonso VIII. Allí estuvieron otros veinte años, acuciados por la excesiva soledad, el áspero clima, la lejanía de sus propiedades más importantes y la existencia de monasterios cistercienses cercanos (Herrera y Bujedo).

A principios del siglo XIII, los monjes se trasladan a Rioseco "El Viejo" para, pocos años después, instalarse definitivamente en el cercano Santa María de Rioseco. De esta manera, Quintanajuar quedó reducido a un simple priorato del Monasterio de Rioseco.


Escudo de la Congregación de Castilla


Rioseco nunca se desprendió del priorato de Quintanajuar ya que, además de ser considerado la cuna fundacional del monasterio consolidado a orillas del Ebro, constituía un importante proveedor de ganados, madera, cereales y vino, por lo que siempre gozó de gran aprecio y consideración entre los monjes de Santa María de Rioseco, en el lejano valle de Manzanedo.

Los pastizales de Quintanajuar podían sostener fácilmente a unas 6000 cabezas de ganado ovino; los montes de Las Cabañuelas, Monte Espinoso, La Dehesilla y el monte comunero con Cernégula proporcionaban leña de encina y madera de roble; para la molienda de los granos se utilizaba un molino que el monasterio tenía en Abajas.


Escudo Congregación de Castilla, Montesión (Toledo)


Quintanajuar tardó varios siglos en convertirse en un enorme coto redondo; partiendo de las donaciones reales, acudió siempre que pudo a la adquisición de granjas y lugares del entorno: Acio, Las Cabañuelas, Monte Espinoso, Cañucar y Cernégula.

En el libro Becerro de las Behetrías (1352) no se cita a Quintanajuar porque el pueblo era considerado un simple barrio de Masa y Cernégula.

En los tiempos medievales, Quintanajuar estaba incluido en el alfoz de Ubierna, formando parte de la relación de 28 lugares que lo conformaban. En el Becerro, si viniera consignado, lo haría dentro de la Merindad de Burgos con Ubierna.


III. LA IGLESIA DE QUINTANAJUAR SE CONVIERTE EN PARROQUIA (1677)

Ya he comentado que la iglesia de Quintanajuar no adquirió categoría de parroquia hasta bien entrada la segunda mitad el siglo XVII. Hasta entonces no dejó de ser más que una humilde ermita, y la pila bautismal más cercana se encontraba en la granja de Cañucar (paraje del hoy término de Abajas, situado a unos 7 km de Quintanajuar).

Según nos cuenta Orencio González Carballeda, existe un documento del año 1677 por el cual el entonces arzobispo de Burgos, Enrique de Peralta, concede permiso para la colocación de una pila bautismal en la iglesia de Quintanajuar, priorato del Monasterio de Santa María de Rioseco, tras la petición formulada por el abad de este último.

El arzobispo Enrique da dos opciones: bien el traslado de la pila bautismal desde la granja de Cañucar, que se había despoblado, bien que se hiciese y pusiese otra nueva.

El abad de Rioseco afirma que Quintanajuar había sido convento en su primera fundación y que tenía iglesia y libros para la administración de los Santos Sacramentos. En aquellos tiempos el prior de la granja de Quintanajuar era el padre fray Anastasio García, nombrado por el abad de Santa María de Rioseco.

[Enrique de Peralta y Cárdenas (Madrid, 1603-Burgos, 1679) fue inquisidor en Cuenca, presidente de la Inquisición en Valladolid, maestrescuela de la catedral y Universidad de Salamanca, obispo de Palencia, obispo de Almería y arzobispo de Burgos; su padre, Urbán de Peralta Calderón, era descendiente de la nobleza navarra]


IV. QUINTANAJUAR A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII

El Padrón General de la Merindad de Río Ubierna (1766) nos cuenta que en Quintanajuar residían 14 vecinos, dos de los cuales eran hidalgos.

  1. Bartolomé Beato, alcalde pedáneo, pechero
  2. Tomás de Melgosa, procurador síndico general, pechero
  3. Domingo Melgosa, empadronador, pechero
  4. Lucas de Melgosa, pechero
  5. Manuel Ibáñez, empadronador, pechero
  6. Santiago Melgosa, pechero
  7. Andrés Sáez, pechero
  8. Tomás de Melgosa menor, pechero
  9. Pedro Casaval, pechero
  10. Andrés Beato, pechero
  11. Francisco García, pechero
  12. Roque Pérez, pechero
  13. Vicente Gallo, hijodalgo notorio; y sus hijos Eusebio, Francisco y Pedro Gallo
  14. Martín Gallo, hijodalgo notorio; y sus hijos Dionisio, Bernardo y Martín Gallo

La población del lugar rondaría, pues, las sesenta almas.

QUINTANAJUAR EN EL CATASTRO DE ENSENADA

El día 18 de mayo de 1752 se presentó en Quintanajuar el juez subdelegado de la Única Contribución, don José de Lazcano, ante el que comparecieron cuatro vecinos notorios del pueblo: Juan Beato, regidor que administraba justicia; Juan Melgosa y Martín Gallo, nombrados peritos por dicho regidor; y el reverendo padre fray Nicolás de Araújo, monje profeso del Monasterio de Nuestra Señora de Rioseco, Orden del Císter, hábito de Nuestro Padre San Bernardo y prior de este referido lugar Quintanajuar y sus granjas, y que hace oficio de cura en él.




Los vecinos respondieron a la pesquisa de la manera siguiente: que el lugar se llamaba las Granjas de Quintanajuar, que era de realengo, jurisdicción del Duque de Medinaceli, Merindad de Río Ubierna, y priorato del Monasterio de Santa María de Rioseco; y que todo su territorio, heredades, casas y edificios, montes y pastos, es único y privativo del citado monasterio.

El Monasterio de Rioseco arrienda sus bienes libres de diezmo y cada vecino y habitante paga un celemín de trigo rubión en razón del curato de dicho monasterio. Como al presente hay 16 vecinos, una viuda y dos habitantes, se pagan en total 19 celemines de trigo rubión.

Hay 54 colmenas, dando cada una una utilidad de 5 reales de vellón: el Monasterio tiene en su huerta 4 colmenas; Juan Beato (1 colmena); Martín Gallo (1); Crisóstomo García (1); Juan de Melgosa (1); Marcos Fernández (1); Nicolás de Ahedo (23); Andrea de Melgosa (8); Vicente Gallo (3); Herederos de Marcos Ruiz (4); Pablo de Melgosa, cura de Zernégula (6); Manuela Varona, de Cortiguera (1).

El caserío se compone de 20 casas habitables, incluida la que mora el padre prior; no hay ninguna inhabitable ni arruinada; todas pertenecen al citado Monasterio; ninguna tiene carga por el establecimiento de suelo. No hay molinos.

El concejo y común no tienen propio alguno, por pertenecer todo el término, heredades, montes y pastos al citado Monasterio de Rioseco. Existe un mesón, también propio del monasterio, que se encuentra arrendado al vecino Nicolás de Ahedo; también existe una taberna.

No hay hospital para pobres y mendicantes, ni tiendas, ni artesano alguno, ni pobres de solemnidad, ni clero secular. Tampoco hay jornaleros, ya que son todos labradores de profesión. Hay dos pastores: Baltasar de la Herrera, pastor del ganado lanar del común, y José de Porres.

Hay cinco criados e hijos mayores de edad: un criador mayor que tiene el padre prior; un hijo mayor de Juan Beato, que se ocupa de las labores de su padre por ser manco éste; otro hijo que tiene Andrea de Melgosa; otro, Bartolomé Beato; otro, de Francisco García, aunque es inútil por enfermedad habitual.

El prior de Quintanajuar, el referido fray Nicolás de Araújo, cobraba las rentas (siempre en nombre del Monasterio de Rioseco) a los renteros del lugar, por el uso de casas, tenadas y fincas. El prior tenía para su uso exclusivo ciertas propiedades, entre las que destacaba la casa o "convento" (anexa a la iglesia), que compartía con los monjes que allí pudiera haber. También contaba con la ayuda de dos criados (uno de ellos, mayor de edad), una "ama", un pastor, una yunta y tres caballos; su rebaño se componía de 374 ovejas, 146 borregas, 62 borras y 100 borros, y tenía 4 colmenas en la huerta del "convento". Por último, también declaraba que tenía una "tejera" u horno para cocer tejas.

[puede que esta "tejera" fuera la misma que aparece situada, en los mapas de principios de siglo XX, cerca de la granja o barrio de Monte Espinoso, 3 km al sur de Quintanajuar]

En el Vecindario de 1759, realizado al calor del Catastro de Ensenada, el lugar de Quintanajuar aparece con 2 vecinos nobles; 13,5 vecinos pecheros (13 vecinos y una viuda) y dos habitantes pecheros (pastores).



V. EL SIGLO XIX: DE LA DESAMORTIZACIÓN A LA DESMEMBRACIÓN

La memoria popular de Quintanajuar recoge que, cumplido el primer tercio del siglo XIX, la granja monasterial o priorato fue subastada, dentro de la denominada desamortización de Mendizábal, resultando adjudicatario el Conde de Encinas.

Supongo que, por cuestiones meramente cronológicas, fue el VII Conde de Encinas, Joaquín de Vega y Castro, el que resultó adjudicatario del coto redondo titulado "Priorato de Quintanajuar".

[Joaquín Santiago de Vega y Castro (Villafranca del Bierzo, 1763-Burgos, 1850) fue el VII Conde de Encinas; le sucedió su hijo Francisco Javier de Vega y Ortiz (Poza de la Sal, 1789-1857), VIII Conde de Encinas, que murió sin descendencia y heredó el título su sobrino José de Soto y Vega (Villafranca del Bierzo, 1818), IX Conde de Encinas, que murió sin descendencia y le sucedió su hermano Francisco Javier de Soto y Vega (Villafranca del Bierzo, 1825- Valladolid, 1905), X Conde de Encinas]

Parece ser que, a mediados del siglo XIX, el coto redondo de Quintanajuar (o Las Cabañuelas) era propiedad de Ramón de la Riva Herrera, vecino de Poza de la Sal. Quizás fuera el VIII Conde de Encinas, Francisco Javier de Vega y Ortiz, el que realizara la venta del coto redondo a su convecino.

Años más tarde, ya en la recta final del siglo XIX, el coto redondo "Priorato de Quintanajuar" aparece en manos de cuatro propietarios: Saturnino de la Riva Herrera, Jorge de la Riva Herrera, Francisco Arquiaga Rodríguez y señores Herrera.

Precisamente la octava parte de todo el coto, perteneciente a los herederos del citado Saturnino de la Riva, es puesta en venta en octubre de 1885, según lo anunciado en varios números del boletín provincial. 


BOPBU, 13 octubre 1885


Por último, a finales del siglo XIX o principios del XX, el coto redondo de Quintanajuar pertenecía a cuatro notables personas de la ciudad de Burgos: Rodrigo Arquiaga García, Ballesteros, Jalón y José Plaza.

[Francisco Arquiaga Rodríguez (Villarcayo, 1812-1882) fue senador por Burgos y antiguo propietario del Monasterio de Rioseco, patriarca de una saga liberal; su hijo, Rodrigo Arquiaga García (Villarcayo?, 1834-Madrid, 1921), fue ingeniero, concejal del Ayto de Burgos, y diputado provincial]

VI. QUINTANAJUAR EN EL SIGLO XX

DE CERNÉGULA A MASA

A la caída del Antiguo Régimen, hacia el año 1833, Quintanajuar pasó de ser un lugar de abadengo a constituir un ayuntamiento independiente, aunque por poco tiempo. En 1857 ya aparece englobado en el municipio de Cernégula. La circunstancia geográfica de encontrarse equidistante de Cernégula y Masa, determinó que Quintanajuar acabara por pertenecer, consecutivamente, a ambos ayuntamientos. Así, en 1926, Quintanajuar dejó de formar parte del municipio de Cernégula para pasar a hacerlo del de Masa. 


BOPBU 18 diciembre 1926


Desconozco los motivos que impulsaron a los vecinos de Quintanajuar a solicitar la segregación del lugar con respecto al municipio de Cernégula para agregarse al de Masa. A golpe de mapa, parece obvio que el camino que une Quintanajuar con Cernégula resulta más cómodo y corto (1 km menos) que el que lo hace con Masa, ya que en este último caso se necesita salvar las alturas de Las Cruces, que se interponen entre ambos pueblos.

Quizás antiguos conflictos originados por el uso comunero de algunos pastizales tuvieran algo que ver con aquel ansia segregador.


EL NUEVO PROPIETARIO ÚNICO: JOSÉ MURO LARA

Hacia 1929 o 1930, aparece un nuevo propietario del coto redondo de Quintanajuar: el abogado y rentista madrileño José Muro Lara que era, además, un gran aficionado a la caza.

[José Muro Lara (Madrid, 1892-1957) era nieto del promotor del Teatro Lara de Madrid (1880), Cándido Lara Ortal (Madrid, 1839-1915), un carnicero al que le fue muy bien el negocio, hasta el punto de hacerse millonario y encapricharse con la idea de reconvertirse en promotor teatral]


BOPBU 16 enero 1931


Muro Lara adquirió casi todo el terreno del antiguo coto redondo de Quintanajuar, al comprárselo a sus anteriores propietarios. Digo casi porque, hacia 1914, uno de los renteros, Antonino González Crespo, había comprado a Rodrigo Arquiaga toda la hacienda que llevaba en renta más la que llevaban otros dos renteros. Se trataba de fincas de buen tamaño, incluidos un monte de roble y otro de encina, junto con la correspondiente casa.

Parece ser que el Rodrigo Arquiaga se vio obligador a vender la hacienda de Quintanajuar debido a la ludopatía que padecía uno de sus hijos, empedernido jugador de naipes, que le solicitó la herencia que le correspondía por parte de madre.

[Antonino González Crespo (Quintanajuar, 1846-1936) era el padre de Crispín González Ibáñez (Quintanajuar, 1888-Burgos, 1968) y el abuelo de Orencio González Carballeda (Quintanajuar, 1917-Burgos, 2012), el autor del libro de Quintanajuar que sirve de guía a este post]

Muro Lara no paró hasta conseguir esa parte del coto redondo que le faltaba, haciendo la vida imposible a Crispín González Ibáñez, el hijo de Antonino, que se vio obligado a vender.

En La Cabañuela, Muro Lara comenzó a construir su "chalet", junto con cuadras, tenadas, pajares y viviendas para sus obreros, incluso un molino de viento para extraer agua, todo ello con el ánimo de conformar un pequeño poblado. En 1931, llegó a La Cabañuela -y a Quintanajuar- el tendido eléctrico de la Central de Quintanilla Escalada ("El Porvenir de Burgos").

Muro Lara no renovó el contrato de arrendamiento con los renteros que llevaban las fincas próximas a La Cabañuela, que pasaron a ser trabajadas por obreros que traería de otras fincas de su propiedad, sitas en diversas provincias.

En los años cuarenta, José Muro Lara extendió sus posesiones hasta hacerse dueño de la explotación agropecuaria titulada "Coto Redondo de Quintanajuar, Abajas y Hontomín".


LA GUERRA CIVIL EN QUINTANAJUAR

En los alrededores de Huérmeces, Quintanajuar fue -junto con Santibáñez Zarzaguda- uno de los pueblos más afectados por la guerra civil. Hasta el punto de que el evento bélico contribuyó a la temprana desaparición del pueblo, acelerando un proceso que quizás no tenía remedio.

Parece ser que alguien cercano al entonces propietario, José Muro Lara, denunció las "tendencias izquierdosas" de una buena parte de los renteros de Quintanajuar, que quizás se habían limitado a realizar alguna visita a la Casa del Pueblo de la capital provincial, más que nada por informarse de sus posibles derechos como trabajadores de tierra ajena.

El caso es que ocho de los entonces catorce vecinos de Quintanajuar fueron detenidos e ingresados en la prisión de Burgos el 10 de agosto de 1936. Su estancia en prisión osciló entre uno y dos años.

Sometidos a juicio, a cinco de ellos se les incautaron sus bienes: Julián Melgosa García (42), Lorenzo Laredo Melgosa (56), Víctor Carballeda Beato [Carballeda González, por error] (55), Antonio Gallo Crespo (38) y Benigno García Melgosa (55). Además, se les impusieron multas que oscilaron entre las 100 y las 1500 pesetas.


BOPBU, 16 marzo 1937


Puede suponerse el trauma que para estas personas supuso el paso por prisión y las sanciones económicas impuestas. Además de los cabezas de familia aludidos, sufrieron prisión otros dos jóvenes del pueblo: Laurentino Moradillo del Olmo (22) y Valeriano Carballeda del Olmo (20); después de pasar en prisión año y medio, ambos fueron enviados a la caja de reclutas, para que combatieran por el bando "nacional". El segundo sobrevivió a la guerra y se estableció en Ubierna. Del primero no hemos encontrado posteriores referencias.



 Recreación pictórica de una fotografía de 1950, realizada por Orencio González Carballeda



LA POSGUERRA TRAE UN NUEVO PROPIETARIO Y EL DESPOBLAMIENTO TOTAL DE QUINTANAJUAR

Finalizada la guerra, ante la falta de perspectivas, los renteros de Quintanajuar comenzaron a abandonar el pueblo, poco a poco, familia a familia. A José Muro Lara tampoco le quedaron ganas de seguir con su proyecto agropecuario, y lo puso en venta.

El coto redondo de Quintanajuar fue entonces adquirido por Nazario González Zorita, un acaudalado comerciante establecido en la ciudad de Burgos.

[Nazario González Zorita (Melgar de Fernamental, 1899-Burgos, 1969), mantenía diversos negocios en los sectores de la alimentación y las semillas en la ciudad de Burgos; junto con su esposa, Cecilia González Pérez, patrocinó diversas actuaciones benéficas durante los años de la posguerra]

El nuevo propietario fue "animando" a abandonar el pueblo a las pocas familias que quedaban en él, hasta el punto de que les buscaba y ofrecía trabajo en la capital provincial.

El día 18 de diciembre de 1965 abandonó Quintanajuar la última pareja de labradores-renteros: Baudilio Moradillo Arroyo (60 años) y Clementina Beato Melgosa (50 años), junto con sus tres hijos: Fernando (19 años), Manuel y Maribel. Era el final demográfico del antiguo poblado de Quintanajuar.


BOPBU, 11 abril 1967


Ya en 1962, años antes del fallecimiento de Nazario, eran sus herederos (Hijos de Nazario González) los encargados de gestionar la finca "Quintanajuar", luego denominada "La Cabañuela".

Hacia 1973, dichos dueños decidieron arrancar el escudo que lucía en el edificio monacal de Quintanajuar, trasplantándolo al chalet de La Cabañuela.


El convento, ya sin el blasón cisterciense (1973). Foto: Libro de Orencio Glez. Carballeda



Durante aquellos años, los descendientes de Quintanajuar tuvieron serios problemas para realizar puntuales visitas al lugar en el que se encontraban enterrados sus ancestros y sus recuerdos. El lema "Propiedad Particular" salía a relucir en todos y cada uno de sus intentos, tanto si pretendían acceder en automóvil como si se conformaban con hacerlo caminando.


MITAD DE LOS AÑOS SETENTA: NUEVOS PROPIETARIOS Y LA DESAPARICIÓN FÍSICA DE QUINTANAJUAR

En 1975, Hijos de Nazario González S.A., procede a la venta de la enorme finca de La Cabañuela (2000 ha). En esta ocasión, el comprador principal resultó ser el vecino de Eibar Félix Ormaechea, que contó por socio (y administrador) con el vecino de Burgos Ángel Contreras Arce. Parece ser que el señor Ormaechea había vendido previamente una finca que poseía en la provincia de Zamora. 

Estos nuevos propietarios procedieron a la venta de una pequeña parcela (75 ha) situada al norte de la enorme finca. Se trataba del denominado "Coto de San Pedro de Cardeña" ("La Vega"), un antiguo término comunero de Quintanaloma, Quintanajuar y Cernégula. Fue en esta parcela dónde se produjeron unos polémicos vertidos químicos en el verano de 1977: Vertidos químicos en el Páramo de Masa: junio de 1977

Félix Ormaechea procedió a cercar todo el término redondo de La Cabañuela con estacas y alambre, con la supuesta idea de mantener una manada de yeguas de recría. El cerramiento se ultimó, pero las yeguas nunca aparecieron.

El miércoles 20 de septiembre de 1978, a la una de la tarde, se declaró un incendio de grandes proporciones en el término de Hontomín. Las llamas llegaron a amenazar las instalaciones de la granja de La Cabañuela y, lo que causó mayor alarma, también de la joven fábrica de Explosivos Río Tinto. 


Diario de Burgos, 21 septiembre 1978

Una vez puestas a salvo las instalaciones de La Cabañuela y de la fábrica de Explosivos Río Tinto, nadie hizo nada por intentar salvar las casas de Quintanajuar, despobladas desde 1965. Solo la iglesia se salvó -dicen que milagrosamente- del fuego.


Vuelo Iryda (Noviembre 1977): Quintanajuar, abandonado, diez meses antes del fatal incendio

Fue entonces cuando el dueño del lugar, el citado Félix Ormaechea, aprovechó la ocasión que se le presentaba para derribar todos los restos de las casas arruinadas; no respetó ni el antiguo edificio del convento, anexo a la iglesia. 

Con las piedras derribadas se levantó una presa para que recogiera las aguas procedentes de la antigua fuente del pueblo, al objeto de que sirviera de abrevadero para el ganado. Los restos de las casas del pueblo también sirvieron para arreglar los caminos del término, tan necesitados de ello. Suponemos que también se produjo alguna comercialización de las piedras mejor labradas, siempre bien cotizadas.

[no deja de tener su ironía el hecho de que, mientras algunos pueblos de España desaparecieron en aquellos tiempos bajo las aguas de un pantano, Quintanajuar lo hiciera reconvertidos sus restos en la presa de una pequeña balsa, y ello tras sufrir un pavoroso y consentido incendio; el trío ibérico de aquellos tiempos: fuego, piqueta y agua]

[Quintanajuar y sus granjas han tenido una relación estrecha con el fuego: en 1891, ardieron dos casas en La Cabañuela (Carlos Beato García y Patricio Carballeda Crespo); en 1909 se quemaron totalmente los tejados de dos casas de Quintanajuar (Andrés Beato García y Clemente Beato Gallo); en 1931 ardieron totalmente la casa y los garajes contiguos de La Cabañuela, propiedad del vecino de Madrid José Muro Lara]


Vuelo Nacional (9 marzo 1985): Quintanajuar, desaparecido; solo quedan iglesia, cementerio y palomar

La iglesia, en estado de ruina, quedó al albur de vándalos y saqueadores. Hasta la pila de agua bendita fue arrancada de la pared en la que se encontraba incrustada. De los retablos y mobiliario, mejor ni hablar. Supongo que las campanas habían sido retiradas con anterioridad, bajo los designios del arzobispado.


EL ÚLTIMO DESMEMBRAMIENTO DE QUINTANAJUAR

Tras la desaparición del pueblo en el incendio de 1978, el señor Ormaechea procedió a la venta, por lotes, de la enorme finca de La Cabañuela.

  • la porción oriental de la finca, comprendida entre la carretera Burgos-Villarcayo y las mojoneras de Lermilla y Abajas, fue adquirida por dos vecinos de Sargentes de la Lora
  • la porción central de la finca, que comprende tanto la granja de La Cabañuela como varias parcelas agrícolas de gran extensión y el solar de Quintanajuar y sus alrededores, más el monte de encina de La Dehesilla y Tistierna, fue adquirida por dos hermanos procedentes de Villafruela, que la dedican a producción cerealista, principalmente
  • la porción occidental de la finca, que comprende el monte de roble de Monte Espinoso, Las Cruces, los alrededores de Fuente Fresnos y la zona situada justo al sur de La Cabañuela, fue adquirida por otro propietario que, a su vez, la vendió en 1993 a Antonio Bañuelos, industrial peletero y aficionado taurino, con la intención de criar toros de lidia, los denominados "toros del frío"

Estas dos últimas porciones disponen de sus propios caminos, que parten de La Cabañuela, dónde el criador de toros ha levantado un pequeño complejo taurino justo al sur del antiguo poblado. Toda la finca dónde pasta el ganado de lidia se halla convenientemente cercada.


Enorme finca de Tistierna, entre el monte de la Dehesilla y la carretera de Masa

En el paraje de Tistierna puede admirarse una enorme finca de 55 hectáreas, dedicada al cultivo de cereal, con alguna mata de salguera dispersa, ocupando las zonas más húmedas.

Entre la iglesia de Quintanajuar y la raya con Cernégula también abundan las grandes fincas cerealistas que suelen presentar, en días primaverales, un aspecto imponente. Un auténtico mar de trigos y cebadas, mecido por el sempiterno viento de estos lares.


La iglesia, rodeada de trigos y cebadas; al fondo, a la izquierda, la leve Peña de las Eras


Para acceder al antiguo solar de Quintanajuar es necesario solicitar permiso en La Cabañuela, ya que el lugar no deja de ser una propiedad privada. No suelen poner pegas a la solicitud de acceso, al contrario de lo que sucedía en los años setenta del pasado siglo con sus entonces dueños.



ANEXOS

I. HUÉRMECES Y QUINTANAJUAR

Hasta dónde sabemos, dos fueron las bodas habidas entre personas nacidas en Huérmeces y Quintanajuar. Ninguna de las dos se celebró en nuestro pueblo, ya que ambas novias eran naturales del desaparecido poblado.


-BODA 1: QUINTANAJUAR (1867)

  • Mariano Alonso Díaz-Tudanca (Hces, 1835): 32 años
  • Quirina Melgosa Beato (Quintanajuar, 1848): 19 años
Mariano y Quirina tuvieron seis hijos, el primero de los cuales nació en Quintanajuar, los cinco restantes en Huérmeces, dónde acabó por establecerse la familia Alonso Melgosa: Antonia (1869), Nicolasa (1871), Casimiro (1874), María Magdalena (1878), Manuel (1882) y Fermín (1885). Este último no sobrevivió a la infancia (falleció a los dos años). 

Mariano y Quirina fallecieron en Huérmeces a las edades de 62 y 47 años, respectivamente.

Nicolasa fue el único hijo de Mariano y Quirina que no se estableció definitivamente en Huérmeces. En 1899 aún aparece domiciliada en el pueblo, con una edad de 28 años, soltera. No hemos encontrado posteriores referencias. 

Antonia, por su parte, no se casó ni tuvo descendencia. Falleció en Huérmeces en 1941, a los 73 años de edad.

Casimiro se casó en 1913 con Irene Alonso Díez y no tuvieron descendencia. Casimiro falleció en Huérmeces en 1948, a los 74 años de edad.

María Magdalena se casó en 1906 con Simeón Alonso Gallo, molinero, y tuvieron once hijos, de los que únicamente dos sobrevivieron a la infancia: Mariano (1907) y Serafín (1917). Mariano se estableció en Huérmeces. Serafín se hizo maestro y finalizó su carrera profesional en Vizcaya. María Magdalena falleció en 1963, a la respetable edad de 85 años.

Manuel se casó en 1910 con Juana Díez Díez, ambos labradores, y tuvieron nueve hijos, de los que cuatro se establecieron en Huérmeces. Dos fallecieron en la infancia. Otro muy joven, cuando era seminarista. Los dos restantes se establecieron en Vizcaya. Manuel y Juana fallecieron en Huérmeces en 1960 y 1965, a las edades de 78 y 76 años, respectivamente.

-BODA 2: CERNÉGULA (1950)

  • Serafín Ubierna Varona (Hces, 1916): 34 años
  • Avelina Laredo García (Quintanajuar, 1923): 27 años
Avelina era hija de Lorenzo Laredo Melgosa (Quintanajuar, 1883) y Tomasa García López (1893). Lorenzo era uno de los renteros que residían en Quintanajuar al comienzo de la guerra; una vez finalizada esta, Lorenzo y su numerosa familia se trasladaron a la cercana Cernégula.

Serafín y Avelina se establecieron en Barcelona y tuvieron una hija, que también se afincó en la Ciudad Condal.

Serafín y Avelina fallecieron en Barcelona en 2016 y 2023, a las avanzadas edades de 99 y 100 años, respectivamente.

-EL NEXO CURIOSO: RAMIRO Y EL LOBO (1956)

Otra conexión entre Huérmeces y Quintanajuar se materializa en la persona de Ramiro Juarros Fernández. Aunque nacido en Masa (1931), Ramiro residió en Huérmeces durante ocho años de su adolescencia y juventud. Sus padres, Baldomero y Encarnación, pastores, llegaron a Huérmeces en 1942 y aquí trabajaron hasta 1950, cuando Ramiro tenía una edad de 19 años.

En 1956, Ramiro aparece en una reseña publicada en el Diario de Burgos en su edición del 1 de marzo, haciendo referencia al peligroso encuentro entre un "fiero lobo" y el citado Ramiro, por entonces un joven de 24 años que trabajaba en la granja de La Cabañuela. De este episodio ya hablamos en un antiguo post Lobos, nieve y humanos: Huérmeces (1953), La Cabañuela (1956)


II. EL LIBRO DE QUINTANAJUAR

Orencio González Carballeda nació en Quintanajuar en 1917. Abandonó su pueblo al cumplir con el servicio militar, siendo destinado al frente durante la guerra. En 1942 ingresó en RENFE como factor. En 1945 se casó en Burgos con Valeriana Gallo Olmo (Quintanajuar, 1923). Tuvieron dos hijas. Orencio se jubiló en 1979, tras haber recorrido con RENFE más de dos millones de kilómetros.

Fue un jubilado activo, que participó en la vida cultural del Burgos de las décadas finales del siglo XX, siendo alumno destacado de las denominadas aulas de la tercera edad. Orencio cultivó las aficiones pictóricas y literarias y así, tras una ardua tarea de recopilación de información y consulta en archivos varios, emprendió la misión que le mantendría ocupado durante un buen número de años, la elaboración de un libro que contara la historia de su pueblo natal.

La mayor parte del trabajo de investigación de Orencio fue realizada en los años setenta del pasado siglo, mucho tiempo antes de la irrupción de internet en nuestras vidas. Consultó archivos físicos, nada de virtuales, lo que añade mayor mérito a su tarea. Aprovechó los ratos libres que le dejaba su profesión ferroviaria, quitándose horas de sueño y de asueto.




Fruto de ese trabajo nació "Quintanajuar (Mi pueblo)", un libro autoeditado de manera totalmente artesanal, con casi 300 páginas y abundancia de ilustraciones, tanto en forma de fotografías como de óleos y dibujos por él realizados, entre los que destaca por su valor testimonial un espléndido plano de la trama urbana del pueblo, en el que se detallan las familias que habitaban todas y cada cada una de las casas durante la década de los años treinta del siglo pasado.

Gracias al libro de Orencio González Carballeda la memoria de Quintanajuar se encuentra bien resguardada en sus páginas, para deleite de curiosos, estudiosos y amantes de un mundo que desaparece sin remedio.

Orencio falleció en Burgos el año 2012, a los 95 años de edad. Este post no pretende ser más que un pequeño homenaje a su memoria.

[Orencio González Carballeda fue el segundo de los seis hijos que trajo al mundo la pareja formada por Crispín González Ibáñez (Quintanajuar, 1888-Burgos, 1968) y Emilia Carballeda González (Quintanajuar, 1894-Burgos, 1989). El abuelo materno de Orencio fue Antonino González Crespo (Quintanajuar, 1846-1936), el mismo que compró en 1913 a Rodrigo Arquiaga las tierras de las que era rentero. Tanto Orencio, como su madre Emilia y su abuelo Antonino alcanzaron la edad nonagenaria]

III. QUINTANAJUAR Y EL APELLIDO CARBALLEDA

Carballeda es un apellido de claras resonancias gallegas. Una carballeda no es sino un bosque de carballos, la denominación gallega del roble común o albar (Quercus robur), también denominado cajiga en Cantabria.

Si consultamos la base de datos del INE, comprobaremos que el apellido Carballeda tiene una clara querencia gallega, sobre todo por la provincia de Orense. Fuera de Galicia, es la provincia de Burgos la de mayor importancia relativa para este apellido.

Actualmente, casi 1000 personas portan en España Carballeda como apellido paterno o materno. De esas 1000, unas 500 residen en Galicia. De las otras 500 que residen fuera de Galicia, destacan por su importancia relativa las 40 que residen en la provincia de Burgos. Lógicamente, en cifras absolutas, hay más Carballedas en Madrid, Cataluña y el País Vasco.

CARBALLEDAS EN LA PROVINCIA DE BURGOS

El apellido tiene cierta arraigo en la provincia desde, al menos, finales del siglo XIX, aunque siempre en cifras demográficas modestas.

En los censos electorales de 1890-1905 de la provincia de Burgos (censos masculinos para mayores de 25 años) aparecen 16 electores portadores del apellido Carballeda (considerando primer y segundo), distribuidos por ocho municipios:

  • Merindad de Castilla la Vieja (5)
  • Valle de Manzanedo (4)
  • Cernégula (2, residentes en Quintanajuar)
  • Zuñeda (2)
  • Briviesca (1)
  • Quintanarruz (1)
  • Quintanilla Sobresierra (1)
  • Burgos (1).

Aunque en aquellos censos solo aparece un Carballeda residente en la ciudad de Burgos, sabemos que había alguno más.

En el censo electoral de 1936 de la provincia de Burgos (censo universal para mayores de 22 años), aparecen 20 electores Carballeda, distribuidos por cuatro municipios: 

  • Burgos (7, casi todos procedentes de Quintanajuar)
  • Masa (7, todos ellos residentes en Quintanajuar)
  • Zuñeda (3)
  • Ubierna (2)
  • Castrillo de la Vega (1)

[hasta 1926 Quintanajuar perteneció al municipio de Cernégula; a partir de entonces, lo hizo al de Masa]

En el censo electoral de 1946 de la provincia de Burgos (universal para mayores de 22 años), aparecen 23 electores Carballeda, distribuidos por cuatro municipios: 

  • Burgos (12, casi todos procedentes de Quintanajuar)
  • Masa (5, todos residentes en Quintanajuar)
  • Ubierna (5, tres de ellos procedentes de Quintanajuar)
  • Zuñeda (1)

En aquellos tiempos previos al éxodo rural, queda patente la preponderancia del apellido Carballeda en La BurebaMerindades y zonas aledañas. Y dentro de estas zonas, resalta la importancia del apellido Carballeda en el Quintanajuar de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Casi todos aquellos Carballeda de Quintanajuar acabaron por establecerse en la ciudad de Burgos y algunos pueblos cercanos (Ubierna).


IV. EL VECINDARIO DE QUINTANAJUAR EN 1935

Fusionando los datos del Censo Electoral de 1935 (universal para mayores de 22 años), con los datos padronales recogidos en el libro de Orencio González Carballeda, comprobamos que el pueblo estaba conformado entonces por un total de 14 vecinos, todos labradores (renteros), con sus correspondientes esposas, y los hijos mayores de 22 años

Además, moraban en Quintanajuar las familias correspondientes a dos pastores, un guarda de caza y un maestro. Los maestros y maestras, normalmente jóvenes y solteros, se alojaban en alguna de las casas de los renteros, ya que no existía vivienda para los docentes. En los años treinta, las maestras solían alojarse en casa de Crispín González Ibáñez, el padre de Orencio.

Figuraban empadronados unos ochenta hijos menores de edad (30 de ellos en edad escolar, entre 6 y 12 años) y unos doce hijos varones mayores de edad, alguno de los cuales se encontraba cumpliendo con las obligaciones militares de la época.

Por todo lo anterior, la población total del lugar de Quintanajuar en 1935 alcanzaba la cifra de 120 habitantes, con diecisiete casas abiertas.


  1. Lázaro Beato Gallo (49) y Salvadora González Fernández (29); 7 hijos: Clementina, Manuel, Candelas, Rosario, Jesús, Constantina y Nieves
  2. Víctor Carballeda Beato (47) y Saturnina Melgosa García (50): 3 hijos: Vicente, Candelas y Aurelio
  3. Valeriano Carballeda González (45) e Isabel Olmo Melgosa (41); 9 hijos: Néstor, Valeriano, Maximiliano, Concepción, Horacio, Lorenza, Pablo, Cristina y Rosa
  4. Vicente Carballeda Melgosa (30), hijo de Víctor y Saturnina
  5. Aurelio Carballeda Melgosa (25), hijo de Víctor y Saturnina
  6. Antonio Gallo Crespo (32) y Maximina García San Llorente (33); 5 hijos: José, Mercedes, Vicente, Saturnino y Valeriana
  7. Benigno García Melgosa (49) y Bonifacia del Olmo Pérez (48); 5 hijos: Urbano, Francisca, Jesús, Heraclio y Casilda
  8. Romualdo García Melgosa (43) y Trinidad Melgosa García (44); 3 hijos: Concepción, Leonor y Benigno
  9. Antonino González Crespo (84), padre de Crispín
  10. Crispín González Ibáñez (48) y Emilia Carballeda González (42); 6 hijos: Valentina, Orencio, Isabel, Amalia, Emiliano y Araceli
  11. Lorenzo Laredo Melgosa (53) y Tomasa García López (45); 8 hijos: Dolores, Martina, Ana, Ángel, Avelina, Josefa, Bernardino y Domingo.
  12. Ana Laredo García (24), hija de Lorenzo y Tomasa
  13. Martina Laredo García (25), hija de Lorenzo y Tomasa
  14. Inocencio Melgosa Carballeda (41) y Paula Alonso Fernández (39); 8 hijos: Carmen, Avelino, Baldomero, Martín, Visitación, Cristóbal, Lucía y Ángel
  15. Valentín Melgosa Carballeda (26), hermano de Inocencio
  16. Julián Melgosa García (43) y Teodosia García Melgosa (39); 7 hijos: Florencio, Casilda, Luisa, María, Teresa, Eutiquia y Jaime
  17. Nicolás Melgosa García (47) y Catalina García Melgosa (40): 6 hijos: Teresa, Piedad, Albino, Aurelia, Silvina y Gonzalo
  18. Vicente Melgosa Laredo (72), viudo, padre de Julián y Nicolás
  19. Silverio Moradillo Campo (57) y Luzdivina Olmo Melgosa (43); 6 hijos: Pablo, Eliseo, Laurentino, Aurora, Eloy y Ángeles
  20. Baudilio Moradillo Arroyo (30), hijo de Julio y Eleuteria; luego se casaría con Clementina Beato Melgosa (20), siendo la última familia en abandonar el pueblo en 1965
  21. Julio Moradillo Campo (56) y Eleuteria Arroyo Melgosa (53); 4 hijos: Baudilio, Encarnación, Matías y Pilar
  22. Jonás Olmo Melgosa (39) y Juliana Santillana Beato (38); 9 hijos: Encarnación, Isaac, César, David, Sebastián, Fortunato, Emilia, Ascensión y Cándida 
[en la relación anterior no se incluyen a maestros, pastores ni guardas, ya que su paso por el pueblo solía ser breve]

[cabe destacar el elevado número de hijos que sacaban adelante las catorce parejas de renteros establecidos en Quintanajuar (86 hijos en total, con una media de 6 hijos por pareja); una de aquellas parejas, la formada por Lorenzo Laredo Melgosa y Tomasa García López, aparece en 1932 en la relación de beneficiarios del subsidio a familias numerosas, en la categoría de ocho hijos; en la misma relación aparece un histórico vecino de Huérmeces, Esteban Crespo Crespo]


BOPBU-09-08-1932 (Familias numerosas)


Orencio González Carballeda confeccionó un detallado plano con la disposición de las diecisiete viviendas habitadas, así como de la ubicación de tenadas, pajares, cocheras, escuela-taberna, horno-legiero, potro herradero e iglesia.





V. ALGUNOS MAESTROS, MAESTRAS Y CURAS DE QUINTANAJUAR 

MAESTROS Y MAESTRAS

Durante cinco años (1926-1931), Francisco López Zorrilla ocupó la plaza de maestro de Quintanajuar, aunque residía en Quintanarruz (dónde su esposa Juliana Azpizua Díez era maestra), desplazándose diariamente, a caballo, para salvar los 11 km de malos caminos que separaban ambos pueblos. En ocasiones, narraba a sus alumnos los frecuentes encuentros con lobos en su diario periplo. Fue uno de los maestros que más tiempo ocupó la plaza de Quintanajuar, por lo menos en tiempos recientes.

[Francisco López Zorrilla nació en Medina de Pomar en 1883; se jubiló en 1953, al cumplir los 70 años; además de Quintanajuar, sirvió en Caleruega (1918); falleció hacia el año 1961, a los 77 años de edad]

Tras aquel docente viajero, la escuela de Quintanajuar fue ocupada por varios interinos, que apenas aguantaban un curso completo en el puesto. En 1936, el maestro de Quintanajuar era el vallisoletano Melchor Sangrador de Santiago. Este maestro también se vio incurso en el correspondiente proceso depurador del magisterio nacional, siendo sustituido en su plaza en septiembre de 1936, aunque posteriormente su caso fue revisado y se procedió a su rehabilitación (1941). 


El edificio de la escuela (1973) Foto: Libro de Orencio Glez. Carballeda


Después de la guerra civil, desfilaron por la escuela de Quintanajuar varias jóvenes maestras interinas que, por la ausencia de casa para el maestro, se alojaban en la vivienda de un vecino, Crispín González Ibáñez (el padre de Orencio). Una de las maestras que más tiempo ocupó la plaza de Quintanajuar se llamaba María Moral García, que allí estuvo entre febrero de 1937 y octubre de 1939. Cuando llegó al pueblo, tenía una edad de 23 años.

[uno de los últimos nombres de maestra de Quintanajuar que aparecen en la prensa y en el boletín oficial de la provincia es el de Elisa Alonso Martínez, nombrada interina en septiembre de 1961; la escuela de Quintanajuar se suprimió oficialmente en julio de 1965]

CURAS

Desde el año 1926, Martín Fernández Rodríguez era el cura párroco de Cernégula y sirviente de Quintanajuar. Martín residía en Cernégula y atendía a las necesidades espirituales de los vecinos de Quintanajuar únicamente en domingos y festivos, así como en las ocasiones especiales en que fuera requerido (bautizos, comuniones, bodas y funerales). 

Le sustituyó provisionalmente Gumersindo González-Pedroso Torres, aunque desconocemos el número de años que se mantuvo en el puesto.

A partir de la década de 1940, la iglesia de Quintanajuar pasó a depender de la parroquia de Masa y el cura encargado de servirla fue Luis Gallo Arnáiz, siendo este el último cura que ofició misa en la iglesia del pueblo, hasta su despoblamiento en diciembre de 1965.

[Martín Fernández Rodríguez nació en Gredilla de Sedano en 1889 y se ordenó sacerdote en Burgos en 1916; falleció en Cernégula en 1938, a los 49 años de edad]

[Gumersindo González-Pedroso Torres nació en Cerezo de Río Tirón en 1902; fue párroco de Pesquera de Ebro durante muchos años (al menos desde 1955), falleciendo en 1972, a los 69 años de edad]

[Luis Gallo Arnáiz nació en 1901; se ordenó sacerdote en Burgos en 1924; fue párroco de Turzo entre 1925 y 1936; fue párroco de Masa hasta el año 1977; falleció en Burgos en 1986, a los 85 años de edad]


VI. CRÓNICAS DE UN PUEBLO DESAPARECIDO

Aparte de la destacable labor de recopilación documental, realizada en unos tiempos predigitales, un capítulo importante del libro de Orencio González Carballeda está dedicado a los aspectos costumbristas del Quintanajuar de antaño, así como a la galería de personajes olvidados que desfilan por sus páginas. No nos podemos resistir a resumir parte del contenido.

NOMBRES A GOLPE DE SANTORAL

Como solía ser habitual en el periodo de entre siglos, era el santoral cristiano el que decidía el nombre del nacido o bautizado. Ese era el margen, el santo del día del nacimiento, o el del día del bautizo, que solía acontecer a los dos o tres días de aquel. En el reparto que de nombres se hacía a golpe de calendario, los había más o menos afortunados, al menos visto desde nuestra perspectiva; así, la nómina de nombres "raros" de Quintanajuar es abultada: Antonino, Baudilio, Benigno, Bonifacia, Eleuteria, Crispín, Jonás, Luzdivina, Melecio, Melitón, Orencio, Obdulio, Patricio, Quintiliana, Romaldo (Romualdo), Silverio, Sinforiana, Teodosia y Toribia. Nombres que se repiten, en algunos casos, en muchos otros pueblos de la zona.

TRES REBAÑOS LANARES, UNO POR BARRIO

Quintanajuar tenía dos barrios: Monte Espinoso y La Cabañuela. Y cada poblado tenía rebaño lanar propio. Una familia de pastores, que residía en Quintanajuar, tenía a su cargo el cuidado de los tres rebaños. El padre, Gregorio, se hacía cargo del rebaño de Quintanajuar; el hijo, también llamado Gregorio, se encargaba del rebaño de Monte Espinoso; y otro hijo, Eleuterio (Luterio), lo hacía con el de La Cabañuela.

En verano se juntaban los tres rebaños, y por la noche quedaban encerradas todas las ovejas en los corrales de los Peralejos (2 km al norte del Quintanajuar) o en los corrales de la Casa del Monte (1,5 km al sur del pueblo), al cuidado de uno de los pastores, que dormía en la cabaña o choza correspondiente, alumbrado por un candil.

Al comienzo del otoño, los tres rebaños se volvían a separar. Esta labor se efectuaba en pleno monte, en un paraje denominado Las Camperas. El estiércol acumulado (abono único en aquellos tiempos) en los corrales y en los "arreaderos" (lugares dónde sesteaban al mediodía) era recogido por los dueños del ganado. Esta operación de limpieza movilizaba a todos los vecinos y vecinas del pueblo en edad de trabajar. El alguacil (Antonio Gallo en los años veinte y treinta) pregonaba el día y la hora en que debían realizarse aquellas fundamentales labores.

Una vez finalizadas las labores de limpieza de corrales y arreaderos, se formaban tantos montones como ganaderos eran, procediendo a sortear un montón para cada uno. Finalizado el evento, llegaba la hora de festejar, por la tarde, en un paraje denominado Peña Corva, a mitad de camino entre el pueblo y la Casa del Monte. Se traían del pueblo un garrafón de vino, una lata de escabeche (a cargo del común) y pan de cada casa de los asistentes al acto. La dura tarea de limpieza se compensaba con un banquete campestre, que acababa más pronto o más tarde según la edad y condición de cada uno.

TABERNEROS O CANTINEROS DOS DÍAS A LA SEMANA

En Quintanajuar no había taberna a tiempo completo. Los taberneros no vivían allí, y solían venir de Masa, Hontomín, Cernégula o Quintanaloma, tras concertar por un año sus servicios con el pueblo. Solían abrir la cantina ("despachar") dos días a la semana, normalmente jueves y domingos. El local habilitado al efecto se encontraba en el primer piso de la casa que también hacía las funciones de escuela, aunque con entradas separadas. En ocasiones, montaban la taberna en un pequeño espacio de la casa de algún vecino, cedida al efecto.

En la casa de Víctor Carballeda montó taberna Lauro, de Hontomín. En casa del "tío Clemente" lo hizo Faustino, de Masa. En casa de Julián "el Grande", Federico, también de Hontomín. En la casilla de los guardas hubo otro tabernero, cuyo nombre se ha olvidado.

En la casa concejo (escuela) se instalaron, en orden cronológico: Marcelino, de Cernégula; Maximiano, de Quintanaloma; los hijos de Faustino (Pepe y Emiliano), de Masa; Abdón (hijo de Perales), también de Masa; por último, volvió Emiliano, con su mujer (de nombre Emiliana, por supuesto), quienes cerraron la saga de taberneros foráneos.

[cuando Quintanajuar se fue quedando sin gente, ya a finales de la década de los cincuenta, un vecino del pueblo, Baudilio Moradillo Arroyo, se ofreció a vender algo de vino en el portal de su casa, dónde se reunía un corrillo de jóvenes a beber un porroncillo y charlar un rato; todo ello sin licencias ni gaitas, claro está; en algún momento, los pocos vecinos que quedaban en el pueblo le ofrecieron a Baudilio el local que ocupaban antes los taberneros en la casa concejo (escuela); con un pellejo de vino, dos largas mesas con sus correspondientes bancos y la luz de una bombilla, aquellos últimos años de vida demográfica de Quintanajuar resultaron más llevaderos; Baudilio y su familia fueron, precisamente, los últimos en abandonar el pueblo, un 18 de diciembre de 1965, una semana antes de Navidad] 

En las tabernas "fijas discontinuas" no se despachaba únicamente vino, sino todo tipo de género comestible y no comestible. La sala que ocupaba la taberna disponía de dos largas mesas, con dos bancos cada una, hechos a base de un simple tronco de árbol.

Los días de cantina se compraba, se bebía, se jugaba a las cartas y, sobre todo, se socializaba, hablando de lo divino y de lo humano, sobre todo de la poca o mucha lluvia que regaba los campos, así como de la salud del ganado.

LOS VENDEDORES AMBULANTES

Aunque el pueblo pillaba algo a trasmano de cualquier ruta o camino principal, no faltaba la periódica visita de todo tipo de vendedores ambulantes. 

Los afiladores gallegos anunciaban su llegada a toque de silbato de madera, con un sonido similar a una armónica. Afilaban, principalmente, cuchillos y tijeras, aunque también la sierra de la máquina segadora, y lo que fuera menester.

Los quincalleros, también gallegos, transportaban su mercancía en una especie de arquilla provista de una correa que posibilitaba su transporte colgada del sufrido hombro del quincallero. La pequeña arca contenía todo tipo de baratijas: peines, peinas. agujas, puntillas, carretes de hilo, botones, imperdibles, espejos, colonias, jabón aromático, pañuelos...

Otro vendedor habitual era el tío Leoncio, que venía de Quintanilla Sobresierra y traía su mercancía escrupulosamente ordenada en el interior de dos grandes armarios, aunque ahora a lomos de un caballo blanco y de pequeña alzada. El tío Leoncio era también de baja estatura y pelo blanco, haciendo juego con su caballo, y tenía un carácter tan paciente y servicial que recibía el apodo de "Taimau" o "Taimadillo".

De Quintanarruz venía Doroteo, alias "el pollero" o "el tío Terrazos", porque en aquel pueblo había visto la primera luz. Llegaba con un caballo cargado con unas alforjas y muy poca mercancía: alpargatas, ramales, bacaladas, sogas de esparto (sobrecarga) y poco más, y todo revuelto, sin aparente orden ni concierto. Compraba pollos, de ahí su sobrenombre. Y perdía parte de la mercancía por el camino. Un desastre, el tío Terrazos.

[Quintanarruz es un pequeño pueblo situado a unos 10 km al sudeste de Quintanajuar, en la pequeña comarca de Las Torcas; Terrazos es un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Los Barrios de Bureba, y situado a unos 30 km al este de Quintanajuar]

A los vendedores de telas se les denominaba "pasiegos" o "tenderos". Uno de los más habituales era Eloy, de Sedano, con su pequeño carromato tirado por un caballo. Exponía su mercancía sobre los tablones del carro del tío Vicente, a la sombra del tilo existente junto a la casilla de los guardas.

Desde un poco más lejos venía el tío Carbó, que lo hacía desde Incinillas. En ambos lados del toldo de su carromato aparecía pintado aquel apellido de origen catalán. Solía viajar acompañado de su esposa.

Los fruteros venían de Poza y Las Caderechas. Uno de los más habituales era Roque "el Marcau", que lo hacía desde Cantabrana, con la compañía de un macho cargado con dos banastas que contenían toda clase de frutas y hortalizas de estación. La pesada se hacía por medio de una romana de platillo y pilón.

De Poza de la Sal llegaban otros vendedores ambulantes, con sus pobres burros cargados de tomates, lechugas y pescado "fresco". Este último género consistía en zapateros, chicharros y anchoas (anchogas), para alegría de los gatos del lugar, que "la hacían" al mínimo descuido de la mujer de la casa.

De Poza también llegaban dos hermanos "componedores", que arreglaban toda clase de cacharros de cocina, y que fabricaban tapaderas de hojalata para cazuelas y pucheros.

En la época de la matanza del cerdo llegaban vendedores de los "aliños" necesarios para tal fin: intestinos o tripas secas para morcillas y chorizos, pimentón (dulce o picante), pimientos secos y aceitunas.

Otros muchos "trajinantes" no vendían, sino compraban. Los tratantes de ganado ("reganchines") llegaban muy de mañana, antes de que saliera el ganado al campo. Lo veían en las cuadras y, si había posibilidad de trato, sacaban a la res al portal o a la calle, para observarla bien.

También venían compradores de queso. Incluso, anticuarios, a la caza de la ganga de turno. De Santibáñez Zarzaguda acudían los vendedores de loza y cristal y los compradores de pieles de oveja.

LOS MENDIGOS O EL ARTE DE PEDIR

Rara era la semana que no se presentaba algún pobre, con un saco o bolsa al hombro, pidiendo limosna, cena y alojamiento por suna noche, sabiendo que era algo obligado prestarles esa obra de caridad. Se les mandaba al pajar o a la cuadra, lo que suponía un gran peligro en el caso de que el mendigo fumara o se les dejara un candil o vela para que se alumbraran. A la mañana siguiente se les proporcionaba una cazuela de sopas de ajo o un plato de patatas, y salían a pedir limosna por el pueblo. Casi siempre eran los mismos, los más reincidentes:

Una pareja de hermanos conocida como los "Omnipotentes", que siempre caminaban en fila, guardando las distancias. Nunca se les vio hablar entre ellos. Se decía que el que caminaba detrás era "tonto".

Adelaida, de Nidáguila, "la de la talega blanca", era limpia y aseada. En su diario caminar, de vez en cuando se sentaba a la sombra de un árbol para coserse la saya.

La "loca de Sargentes" llevaba gran cantidad de medallas cosidas en la chambra (blusa corta), como si se tratara de recompensas militares conseguidas por méritos de guerra.

Marcos y Pristila, hermanos de Moradillo de Sedano. Decían algunos, con tono picantón, que dormían juntos. Qué remedio les quedaba, cuando no dormían sino en pajares o sobre el duro suelo.

Al "tío Campano" solía acompañarle una "pobra" que se encontró por los caminos. Ella era tuerta y siempre estaban riñéndose o discutiendo entre ellos. 

El "tío Senderos" era ciego, y siempre iba acompañado de su mujer, a modo de lazarilla. A la vez que pedían limosna, vendían agujas, imperdibles y ejemplares del Calendario Zaragozano, aquel que valía para toda la vida, de ahí su éxito. Al tío Senderos le encantaba jugar a las cartas, pero siempre con una baraja para ciegos, de la que no se desprendía nunca.

Otro mendigo ciego solía ir acompañado por una hija. El padre tocaba el violín y su hija cantaba, sobre todo coplas que hablaban de horrendos crímenes, tema muy apreciado por el público. A este pobre ciego se le llegó a ver en Burgos, años más tarde, vendiendo el "Cupón pro Ciegos".

Aunque a todos los pobres se les atendía y recibía bien, los padres solían decir a sus hijos que no se acercaran a ellos, porque sus "piejos" (piojos) tenían alas.

LOS GITANOS

La relación con los gitanos no era tan afable. Llegaban en caravana, y con numerosa prole, algún borrico y algún galgo. Los gitanos mismos se buscaban un sitio para alojarse, sin preguntar a nadie. Solían ser cocheras las construcciones elegidas aunque, a veces, ocupaban el potro. Sacaban los carros a la calle y utilizaban un trillo o tablones a modo de puerta, lo que encontraran; salían a buscar leña para hacer una fogata con la que calentarse y cocinar. Si llovía o hacía frío se quedaban en el pueblo hasta que el tiempo mejorara. Era entonces cuando los vecinos acudían al cuartel de la guardia civil de Hontomín para que vinieran a echarlos a otra parte.

Las gitanas salían a pedir, siempre con un churumbel en brazos. No se conformaban con pan y alguna patata, ya que querían algo de grasa, aunque fuera el "culero" del cerdo. De paso, te echaban la buenaventura. Los niños gitanos solían tener gran destreza para hacer juegos de mano con tres cartas de la baraja. Durante su estancia en el pueblo, las amas de casa no dejaban salir a la calle a sus gallinas. No podían hacer los mismo con las lechugas y demás hortalizas de su huerto. Los perros del pueblo ladraban toda la noche, hasta el amanecer. 

LOS GUARDAS DE LA CAZA

Ninguno era hijo del pueblo. Siendo Orencio muy niño, el primer guarda del que guarda recuerdo, valga la redundancia, se llamaba Pedro Rodríguez, natural de Villaescusa del Butrón (Los Altos), y su esposa era Policarpa Huidobro, natural de Huidobro. En aquellos años, la pareja tenía dos hijas y un hijo.

Cuando un vecino del pueblo abandonó Quintanajuar con su familia, camino de Burgos, el guarda Pedro Rodríguez pasó a ocupar su casa, que era mejor que la casilla de los guardas. Esa casa era contigua a la de la familia de Orencio, por lo que acabaron por mantener una buena amistad.

Hacia el año 1927, cuando Orencio tenía diez años, falleció Pedro Rodríguez, que había enviudado poco tiempo antes. Sus dos hijas y un hijo, ya huérfanos, se trasladaron a Madrid, dónde se había establecido hacía tiempo un hermano mayor. 

Doce años más tarde, recién finalizada la guerra civil, Orencio visitó en Madrid a sus antiguos convecinos, en lo que resultó un emotivo encuentro.

LOS PASTORES

Todos los vecinos tenían ganado, y ajustaban a los pastores por un año prorrogable. Los pastores ocupaban dos casas específicamente guardadas para ellos, las "casas de los pastores". A los pastores se les abonaba su sueldo o jornal en trigo (en fanegas). Uno de los pastores guardaba el ganado lanar, el otro, el ganado vacuno y caballar.

En 1905 aparecen dos pastores en el pueblo: Eugenio Díez Santamaría y Balbino García Pascual.

En la década de los años treinta, una de las familias de pastores que más años consecutivos prestó sus servicios en el pueblo fue la formada por Vicente y su esposa Natividad, con sus hijos. Volvieron a Sedano, de dónde eran originarios, aunque acabaron por retornar a Quintanajuar. 

EL COMPONEDOR DE ARADOS

De Moradillo de Sedano era natural el señor Bartolo (o Bartolomé), que se dedicaba a la fabricación y arreglo de arados. Este señor tenía contrato anual firmado con los vecinos labradores de Quintanajuar, y recibía unos celemines de trigo por parte de cada vecino. En época señalada en el contrato, el señor Bartolo llegaba al pueblo con las pocas herramientas que cabían en un coloño grande que transportaba al hombro: hacha, barrenos, azuela, mazo y martillo.

Empezaba su trabajo por una punta del pueblo, de casa en casa, para terminar en la otra, siguiendo un riguroso orden. El señor Bartolo se hospedaba en casa de Víctor Carballeda, ya que su trabajo en el pueblo le llevaba varios días. Si no había acabado en una semana, el sábado por la tarde se volvía a Moradillo, para retornar a Quintanajuar el lunes por la mañana. Era sagrado pasar el domingo en su casa, con los suyos.

LA FIESTA PATRONAL: LA VIRGEN DEL ROSARIO

Al llegar el 7 de octubre de cada año, las faenas del campo se suspendían en Quintanajuar durante nada menos que tres días. Cesaba toda actividad relacionada con la labranza, excepto las propiamente pastoriles, ya que el ganado lanar y de huelgo necesitaba salir a campos y montes, ya que tenían que pastar todos los días del año.

Antaño, la fiesta patronal de Quintanajuar se celebraba el 8 de Septiembre (Día de la Natividad de la Virgen Nuestra Señora) pero hubo de trasladarse al 7 de octubre porque algunos años las labores de cosecha y trilla no habían finalizado para aquella fecha.

El elemento fundamental de las fiestas eran los músicos, aquí denominados "gaiteros". En el caso de Quintanajuar, los "gaiteros" eran un padre y su hijo, procedentes de Quintanilla Sobresierra; Luis se llamaba el padre, y tocaba la dulzaina; Rufino, el hijo, tocaba el tamboril. Los músicos llegaban la víspera, ya entrada la noche, y algunos mozos salían al camino para recibirles.

[en la década de los treinta, los "gaiteros" ya vendrían desde Poza de la Sal]

El primer día de fiesta los vecinos madrugaban más que de costumbre, para soltar el ganado lo antes posible. Se vestían con sus mejores galas, y algunos estrenaban corbatas, trajes, vestidos y velos.

Tras el sonoro volteo de campanas, la misa se celebraba más tarde que de costumbre. La nave de la iglesia se quedaba pequeña, ya que acudían a misa familiares llegado de fuera, algún ambulante y algún pobre, lo que suponía que la población se duplicara esos días.


Procesión de la Virgen del Rosario, 1950 (Foto: Libro de Orencio Glez, Carballeda)



La procesión tenía lugar antes de comenzar la Santa Misa. El pendón era portado por un mozo del pueblo, encabezando la procesión. A continuación seguían los hombres, sacerdote, sacristán y monaguillos. Seguidamente, iba el vecino que portaba la Cruz Alzada, las cuatro mozas que llevaban a la Virgen y, detrás, los gaiteros que interpretaban una marcha lenta. Por último, las mujeres con sus hijos o nietos pequeños, cogidos de la mano.

La Santa Misa del día festivo era muy diferente a la celebrada un domingo corriente. El coro se llenaba de cantores improvisados, dirigidos por Lorenzo Laredo y Julián Melgosa, los sacristanes. El cura realizaba un sermón especial, resaltando el fervor religioso del pueblo. 

Tras la misa, los hombres acudían a la taberna, los mozos acompañaban a los gaiteros hasta La Irilla, dónde se celebraba un corto baile hasta la hora de la comida. Otros, acudían a la bolera. Este baile resultaba un tanto descafeinado, ya que las mozas no podían acudir, al tener que ayudar a sus madres en la preparación de las comidas (banquetes, más bien).

Tras la comilona, las campanas tocaban a "vísperas", aunque esta misa no tenía mucho éxito de convocatoria, ya que la gente necesitaba recuperarse de los excesos culinarios y alcohólicos.

Volvía el baile a La Irilla, los bolos a correr, y la taberna a abrir sus puertas. El baile ya no cesaría hasta la hora de la cena. Los "dulceros" (vendedores y rifadores de caramelos y almendras), eran Silvano "Tele" y Pedro "Culoamarillo", también venidos desde Quintanilla Sobresierra. Por la noche, estos dulceros se dedicaban al juego del "bote", procurando eludir las miradas de la pareja de guardias civiles venida desde Hontomín, ya que estaba prohibido todo tipo de juego.

Aunque resulte difícil de creer, la cena consistía en otro banquete pantagruélico. Terminado este segundo banquete del día, se acudía al baile nocturno (verbena), que ya no se celebraba en La Irilla sino en en la calle, frente a la escuela-taberna. Se prolongaba hasta bien pasada la medianoche, cuando la gente se retiraba a sus casas cansada pero feliz.

El segundo día festivo discurría de manera similar al anterior, con la diferencia de que se celebraba misa de difuntos, incluida una visita al cementerio para rezar un responsorio a los difuntos. Baile, juego de bolos y taberna ocupaban el resto del tiempo.

El tercer y último día, por la mañana, músicos y mozos recorrían el pueblo en rondalla, para echar dianas a las mozas, bajo su ventana, dando también vivas a alguna joven forastera que hubiera pernoctado en casa de algún familiar o alguna amiga. Como todo tiene un límite, en las últimas casas del recorrido ya no se servían licores, solo "pastas" o galletas, especialmente de coco.


Procesión del Rosario (1950): campanas volteando y pendón ondeando (Libro de Orencio Glez. Carballeda)

VII. UN CEMENTERIO, DOS CORRALES, DOS COLMENARES, UN PALOMAR Y UN BARRIO DESAPARECIDO

Son varias las construcciones de piedra que aún perduran, aunque arruinadas, en los términos de Quintanajuar. Desde el camposanto hasta un barrio desaparecido, pasando por construcciones relacionadas con el importante aprovechamiento ganadero antaño existente en estas tierras (ganado ovino, colmenas y pichones).

Estas construcciones de piedra, de calidad variopinta, constituyen un claro testimonio de un esplendor rural ya desaparecido. Salpicadas aquí y allá, sus muros van cediendo al paso del tiempo cronológico y al embate del tiempo meteorológico, engullidas por una vigorosa vegetación leñosa, entre la que destaca la encina o carraspa.

Si observamos los primeros mapas topográficos realizados en la zona (1911) observaremos que todas ellas aparecen claramente represntadas, en forma de pequeños cuadrados dibujados en tinta roja. Hoy en día, en una fotografía aérea o satelital, resulta difícil -o imposible- distinguir su contorno, intuir su ubicación.

Hubo más, pero estas siete son las construcciones más representativas que hubo en el antiguo término de Quintanajuar:


1. Cementerio

Situado a unos 200 metros al este de la iglesia, junto al antiguo camino de La Cabañuela, allí dónde confluye con el camino de Abajas, y muy cerca de las últimas casas del pueblo, hoy desaparecidas.


Muro norte del cementerio, antes de su colapso parcial


Se trata de un alto cercado de planta cuadrada, con unas dimensiones de 10 metros de lado. Hoy en día, su interior se halla completamente invadido por la vegetación leñosa, no resultando reconocibles cruces, lápidas ni ningún otro elemento funerario.


Puerta de acceso al cementerio (muro oeste), vista primaveral desde el interior del recinto


Su muro septentrional, el que limita con el camino de acceso al pueblo, ha colapsado recientemente, empujado por raíces y ramas de los frondosos castaños de indias que allí crecen, y quedando al aire su pétreas tripas.


Puerta de acceso al cementerio, desde el exterior del recinto, en su facies otoñal

El cementerio en 1973, cuando el pueblo llevaba 8 años abandonado. Foto: Libro de Orencio Glez. Carballeda


La entrada al cementerio, cerrada por la correspondiente puerta de madera, presentaba una modesta cruz, dispuesta sobre el dintel de la misma. Las piedras que conforman la entrada son de un tamaño y labra destacables. ¿Dónde habrá ido a parar la cruz de piedra? Las estelas y las cruces de tamaño portable, esas pobres perseguidas en los tiempos del éxodo rural.

2. Corral de Peralejos

Situado muy cerca de la raya con Cernégula, a unos 2 km al norte de Quintanajuar, Vallejillo arriba, muy cerca del antigua camino de Sedano. Tenía una forma rectangular, y unas dimensiones relativamente grandes, de 22x14 metros. Hoy en día se encuentra parcialmente invadido por la vegetación, resultando irreconocibles varias secciones de sus muros. 




3. Corrales de la Casa del Monte

Situados a poco más de un kilómetro al sur del pueblo, muy cerca del camino que conducía a las casas de Monte Espinoso. Disponía de una pequeña casa, con dos corrales anexos, ambos de forma cuadrada, el mayor con unas dimensiones de unos 18 metros de lado. Hoy en día se encuentra muy desdibujado y está dentro de los terrenos por los que campa la ganadería brava de Antonio Bañuelos.


Casa del Monte y sus corrales. Vuelo Iryda (noviembre de 1977)

En tiempos pasados, el mantenimiento de la Casa del Monte le suponía al prior de Quintanajuar continuos gastos, sobre todo en forma de reiterados retejados.

4. Colmenar del Vallejillo 

Situado a menos de un kilómetro al norte del pueblo, por el viejo camino de Sedano que remonta el Vallejillo. El cercado de piedra, realizado en una buena labor de cantería, presenta unas dimensiones de 40x30 metros; en el centro, la hornillera, con sus dujos y piqueras orientados al sur-suroeste.


Puerta de acceso al recinto del colmenar, con cargadero de madera

A unos 400 metros al oeste se encontraba la Fuente del Fresno, proporcionando agua a las abejas, elemento fundamental para el buen desarrollo de las colmenas.


Muro norte de la hornillera, con sus dos ventanas, que proporcionaban luz al apicultor

Puerta de acceso a la hornillera, por el costado oeste


La hornillera, ya derruida, era una sencilla construcción con tejado a un solo agua; presentaba su puerta de acceso por el costado occidental, y dos ventanas en el fachada septentrional, para proporcionar luz suficiente que facilitara las labores del apicultor. En la fachada meridional, la más baja, se establecían las hornillas, simples troncos ahuecados, con una tapa en cada extremo.


Los dujos u hornillas, dispuestos horizontalmente, orientados al sur-suroeste


Supongo que este colmenar es al que se refiere Orencio Carballeda en su libro, cuando lo cita como la "hornillera de Silverio".

[Silverio Moradillo Campo, histórico vecino nacido en Quintanajuar en 1877]


5. Colmenar de Los Barranquillos

Desconozco si este colmenar era del tipo hornillera o si se trataba únicamente de un cercado de piedra dentro del cual se disponían los correspondientes "dujos", en vertical y con una tapa en su extremo superior. No he encontrado resto alguno del cercado que pudo tener. Únicamente aparece en un mapa topográfico de 1911, situado a menos de un kilómetro al sureste del colmenar del Vallejillo (o de Silverio).


Planimetría (1911) del entonces término municipal de Cernégula, que incluía a Quintanajuar


Según el mapa de 1911, el colmenar se encontraba junto a la confluencia de los caminos de Quintanajuar a La Marota y Cernégula, en un claro entonces existente en el hoy denso monte de encina que allí medra.


6. Palomar del Conde de Encinas

Afirma la memoria popular que esta curiosa construcción fue levantada en tiempos del Conde de Encinas, ya bien cumplido el primer tercio del siglo XIX. 

[de todas formas, diversos documentos de los siglos XVII y XVIII ya hablan de la existencia de un palomar en Quintanajuar, aunque podría se que no se refiriera necesariamente al mismo]


Fachada de la iglesia y, al fondo, el palomar. Foto: Quintanajuar, pueblo en el olvido (facebook)


Su sección circular, así como curiosa estructura, aparentemente dispuesta en tres cuerpos, le otorgan un notable valor etnológico. Desgraciadamente, se encuentra en avanzado estado de ruina, habiendo colapsado ya una buena parte del edificio.


El Palomar (1942). Foto: Libro de Orencio Glez. Carballeda

7. Casas de Monte Espinoso

Hoy nada se vislumbra, en fotografía aérea o satelital, de alguna de las casas, corrales, tejar y colmenar que antaño allí existieron. Monte Espinoso era, junto con La Cabañuela, uno de los dos "barrios" o "granjas" con que contaba Quintanajuar en tiempos no muy remotos.


Minuta MTN50, hoja 167 (1955)


En un mapa de 1955 aún aparecen representadas todas aquellas construcciones, aunque ya nadie vivía en el antiguo poblado, barrio o granja. Hoy en día, forma parte de la finca de ganado bravo de Antonio Bañuelos.

 

OTRAS CONSTRUCCIONES

EL POZO

Hubieron otros elementos constructivos que sirvieron durante mucho tiempo a los vecinos de Quintanajuar, entre los que cabe mencionar el pozo que existía en pleno centro del pueblo, entre la casilla del guarda y la vivienda del tío Vicente, que formaba parte del denominado "convento". Dicho pozo tubo que ser clausurado por problemas de salubridad, al encontrarse muy cerca de las cuadras del citado tío Vicente. Durante sus últimos años de uso, era el vecino Romaldo (Romualdo) el que se encargaba de las periódicas labores de limpieza del pozo, bajando a su fondo atado por una simple cuerda, y con un caldero atado a otra, para izar toda la porquería que se hubiera acumulado desde la última limpieza. 

[Vicente Melgosa Laredo (Quintanajuar, 1864), el "tío Vicente", era el padre de Inocencio Melgosa Carballeda (Quintanajuar, 1892), uno de los catorce históricos vecinos de mediados de los años treinta; Romualdo García Melgosa (Quintanajuar, 1894] era otro de los históricos vecinos de aquellos años] 

LA VENTA DE QUINTANAJUAR

Quintanajuar tuvo una "venta", otorgando comida y alojamiento a algún viajero cansado o extraviado, sobre todo en los antaño rudos inviernos castellanos. No sabemos dónde se encontraba dicho establecimiento, si en una de las viviendas del pueblo o en otra completamente apartada del mismo. 

En un documento de 1588, relativo al apeo y amojonamiento entre los términos de Quintanajuar y Hontomín, aparece una curiosa mención a "la venta que está comenzando a edificar Francisco Porres, vecino del lugar de Hontomín". Por los parajes relacionados en el documento, todo parece indicar que la citada venta se encontraba en las proximidades de La Cabañuela.

LA ERMITA DE SAN MARTÍN

También existió una ermita bajo la advocación de San Martín. Supongo que estaría ubicada en las inmediaciones de la eremítica Peña de San Martín, a 250 metros al norte del pueblo.


Diccionario de Miñano (1826)


VIII. LA IGLESIA DE QUINTANAJUAR

La iglesia de Quintanajuar siempre fue humilde. Por no tener, no tenía torre- campanario ni sacristía. Recordemos que no adquirió la categoría de iglesia hasta el año 1677, cuando el arzobispo de Burgos autorizó la colocación de la correspondiente pila bautismal.

Hoy nos ha llegado un edificio de una sola nave, de aparente corte renacentista, con unas dimensiones de 16 metros de largo por 8 metros de ancho. Su cabecera es rectangular, con contrafuertes en las esquinas y aleros moldurados. Sobre una buena parte de su muro meridional se encontraba adosado el edificio conocido como "convento", en el que residía el prior y su servidumbre, y que disponía de acceso directo a la iglesia.


La iglesia, en su portada septentrional, desde el camino del Vallejillo o de Sedano


En 1686, ya convertida en parroquia, se hizo la puerta de la iglesia y se abrió una ventana debajo del coro. En 1710 se trajeron desde Rioseco los dos retablos que servirían de colaterales, con sus santos correspondientes.

En 1752 se levantó toda la iglesia y se echaron maderas nuevas. En 1758 se retejó toda la iglesia.

En 1785 se encargaron las más importantes obras ejecutadas en la iglesia desde los tiempos renacentistas. Se levantó la sacristía, aunque en una atípica ubicación, ya que se dispuso adosada al testero de la cabecera, para lo que hubo que practicar una puerta en la misma. 

Para edificar la sacristía se trajo cal en piedra desde Montorio, y yeso desde Poza. La obra fue realizada por un maestro cantero y dos oficiales, que tardaron un mes en finalizarla. En el dintel de la ventana, sin embargo, reza la fecha de 1787.


Inscripción en el dintel de la ventana de la sacristía (AÑO DE JHS 1787)


Se hizo un nuevo retablo mayor que, realizado en Coscurita, hizo necesario el pago de los portes correspondientes (100 reales). También se colocó en el altar un frontal de madera entallado. 

Aquel mismo año se hizo un retablo para el altar que está enfrente del de Nuestra Señora (la Virgen del Rosario) y se embaldosó la iglesia con piedra labrada. Este nuevo altar colateral se hizo con algunas piezas del antiguo retablo mayor y otras de nuevo corte.


Al fondo, presbiterio y puerta de acceso a la sacristía

En aquel mismo año se realizaron importantes reformas en la casa ("convento"), que supusieron un gasto considerable: 4670 reales.

[Coscurita es un pueblo de la provincia de Soria, comarca de Almazán; Cuzcurrita de Río Tirón es un pueblo de La Rioja, comarca de Haro; Cuzcurrita de Juarros es un pueblo de la provincia de Burgos, situado a apenas 15 km al sureste de la capital; supongo que el retablo mayor de Quintanajuar se realizó en este último pueblo, más que nada por la excesiva lejanía de los otros dos candidatos]


A la izqda. puerta de acceso desde el convento al coro y a la iglesia; a la dcha. puerta principal


La torre campanario no se levantó hasta el año 1894, y se construyó sobre la propia sacristía. En la cumbrera de su tejado a cuatro aguas se disponía la correspondiente veleta, en metal. Cuenta Orencio que la veleta consistía en la silueta de un león rampante, aunque los vecinos decían que más bien parecía un "perrillo", y así la denominaban siempre.


Derribado el "convento" quedó al aire la puerta de comunicación con la iglesia, a la altura del coro

De esta manera, la torre también ocupa una orientación claramente atípica, al situarse adosada a la cabecera de la iglesia, mirando al este. A la torre se accedía por una escalera de piedra, exterior, adosada a la cabecera de la iglesia, y salvando de esta manera la disposición de la sacristía, situada justo debajo de la torre.

El pórtico de la iglesia se levantó en la misma fecha que la torre, y consistía en una simple, aunque espaciosa, tejavana. Hoy solo queda la pared occidental, realizada en modesta mampostería.



Entrada a la iglesia, por su muro septentrional, y restos del pórtico

En 1971, seis años después de la despoblación absoluta de Quintanajuar, aún colgaban las dos campanas en la torre. En 1976, sin embargo, la torre aparece descampanada. Ignoramos cuando se descolgaron y lo que fue de ellas. Supongo que el arzobispado dispondría su recolocación en otra iglesia de la diócesis, o su refundición, si es que se encontraban en mal estado.



La torre, aún campanada (1971). Foto: Libro de Orencio Glez. Carballeda


Su advocación aparece en algunos escritos como "Nuestra Señora" y en otros como "Virgen del Rosario". La fiesta patronal del pueblo se celebraba el 7 de octubre, día de la Virgen del Rosario.


Foto: Emiliano Nebreda Perdiguero


IX. UNA ESPLÉNDIDA FOTOGRAFÍA (1940)

En el libro de Orencio vienen recogidas un buen número de fotografías, alguna de ellas perteneciente al ámbito familiar. En casi todas aparecen, como telón de fondo, edificios y rincones emblemáticos de Quintanajuar: el palomar, la escuela, el convento, la iglesia, parte de las dos alineaciones de viviendas de los renteros, el cementerio, la Peña de San Martín, etc. 

En algunos casos, las fotografías fueron tomadas con motivo de alguna celebración local, principalmente la fiesta y procesión de la Virgen del Rosario; también abundan las fotos estivales, cuando el tiempo mejoraba y la familia se reunía, volviendo a casa los que se encontraban trabajando o estudiando fuera del pueblo.

Sin embargo, y a juicio de quien esto escribe, una fotografía destaca sobre todas. Fue realizada en un atardecer cualquiera de 1940, desde una posición dominante sobre el pueblo. Y ahí radica su principal mérito, ya que aparece casi la totalidad del caserío de Quintanajuar, luciendo en todo su esplendor. 


Quintanajuar desde la Peña de las Eras (1940). Foto: Libro de Orencio González Carballeda

Por la vestimenta de las seis personas que aparecen en la fotografía (cuatro mujeres y dos niñas), suponemos que la foto se realizó en verano o, al menos, en un día de buen tiempo. Puede ser que se tratara, incluso, del 7 de octubre, el día de la fiesta patronal. 

La fotografía está tomada, según afirma el propio Orencio en su libro, desde la denominada "Peña de las Eras", lugar en cuyas inmediaciones se trillaba en aquellos tiempos. Un lugar ligeramente elevado, bien ventilado, ideal para las tareas de trillado y, sobre todo, de beldado.

En la fotografía aparecen la iglesia y el convento anexo, conformando un romántico y abrigado rincón (el "rincón del convento"); la humilde casilla de los guardas de caza; la escuela-taberna-casa del concejo, con su estante de tiestos; una de las alineaciones de viviendas y parte de la otra; los pajares; un carro a su vera; parte de la huerta del convento; y destacando a la izquierda de la instantánea, en medio de un cercado, un moral de buenas dimensiones. Junto a la casilla de los guardas también se aprecia un tilo de pequeño porte, así como otro arbolito más a su derecha.

En la puerta de la escuela aparecen dos personas, una sentada y la otra de pie. Hay que tener en cuenta que el edificio de la escuela también servía, en ocasiones puntuales, como casa del concejo y como taberna. 

Nada puedo contar acerca de la identidad de las cuatro mujeres y dos niñas que aparecen en la fotografía salvo que, aparentemente, posan orgullosas de su pueblo, de sus casas, de sus calles, de sus árboles, ajenas completamente al hecho de que, apenas treinta y ocho años después, nada de todo aquello existiría, salvo la ruinosa iglesia y su torre.


Vuelo Iryda (nov. 1977): en rojo, abajo, la Peña de las Eras, dónde se tomó la fotografía de 1940


En otra fotografía de la misma época, aunque no de la misma calidad, se aprecia también parte del caserío del pueblo; aparentemente, está tomada desde la Peña de las Eras o un lugar situado en la ladera de la misma. Se aprecia el edificio del horno comunitario, situado a la izquierda de la escuela, así como la casa del pastor, con sus tenadas. Y la casilla del guarda, tapando parte de la fachada del "convento". Destaca el enorme moral y, a sus espaldas, tres estilizados chopos. Al fondo, matas de encina salpican las alturas de Las Cruces y zonas aledañas.


Quintanajuar, desde la Peña de las Eras (sin fecha) (Foto: Quintanajuar, pueblo en el olvido, facebook)


En otra fotografía incluida en el libro de Orencio puede observarse el caserío del pueblo desde una perspectiva atípica: la que proporciona el lugar en el que se enclava el "palomar del Conde de Encinas", una ladera situada a unos 130 al oeste del pueblo. Fue tomada en 1971, cuando Quintanajuar llevaba ya seis años despoblado.

La mala calidad de la instantánea no permite admirar elemento alguno con un mínimo detalle. Aún así, a la izquierda se vislumbra la torre de la iglesia y el edificio del "convento", con su patio interior. También se reconocen la escuela-taberna y el horno, así como la alineación de viviendas y los tres altos chopos que medran en las cercanías de las tenadas y pajares de la derecha.


Quintanajuar, ya despoblado (1971) (Fotografía: libro de Orencio Glez. Carballeda)


X. LISTADO DE PRIORES DE QUINTANAJUAR Y SUS GRANJAS

Orencio González Carballeda ha recopilado el listado completo de sesenta y dos priores de Quintanajuar y sus granjas, desde mediados del siglo XVI (1559) hasta finalizado el primer tercio del XIX (1835). Eran monjes del Monasterio de Santa María de Rioseco los que ocupaban el cargo, nombrados por su abad, siendo relevados cada cuatro o cinco años, salvo muerte o incapacidad.




Citamos a continuación los nombres de algunos priores que aparecen en diversos documentos de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, recopilados por Orencio González Carballeda en su libro:

Fray Martín de Salinas era prior de Quintanajuar en 1588, cuando su nombre aparece en un documento relativo al apeo y amojonamiento entre el priorato de Quintanajuar y el término de Hontomín. Fray Martín fue prior durante tres años (1588-1591).

[a título de curiosidad cabe añadir que un tal Francisco de Güérmeces era uno de los tres vecinos de Hontomín nombrado apeador por los regidores de dicho lugar]

Fray Félix González era prior de Quintanajuar en 1626, cuando su nombre aparece consignado en dos documentos de apeo y amojonamiento entre el priorato de Quintanajuar y el concejo y vecinos de los lugares de Masa y Quintanilla Sobresierra. Fray Félix ocupó el cargo durante cinco años (1621-1626).

[también como mera curiosidad, cabe añadir que el escribano que dio fe de los referidos documentos de apeo y amojonamiento fue Juan Pérez de Ubierna, escribano del Rey Nuestro Señor, vecino del lugar de Huérmeces]

Fray Anastasio García era prior de Quintanajuar en 1677, cuando el entonces arzobispo de Burgos, Enrique de Peralta, concedió permiso para la colocación de pila bautismal en la iglesia del lugar, pasando así a adquirir la categoría de parroquia. Fray Anastasio ocupó el cargo de prior durante cinco años (1675-1680).

Fray Ignacio Collado era el prior que aparece en un documento de 1715, relativo al apeo y amojonamiento entre el priorato de Quintanajuar y la villa de Abajas. Fray Ignacio fue prior en dos ocasiones, la primera durante cinco años (1702-1707) y la segunda durante poco más de un año (1714-1715). 

Fray Nicolás de Araújo era el "monje profeso del Monasterio de Nuestra Señora de Rioseco, Orden del Císter, hábito de Nuestro Padre San Bernardo y prior de este referido lugar Quintanajuar y sus granjas, y que hace oficio de cura en él", que participó en las respuestas generales del Catastro de Ensenada (1752). Fray Nicolás se mantuvo en el cargo durante seis años (1750-1756).

Fray Justo de Tafalla aparece como prior de Quintanajuar en un documento de 1767, relativo a los gastos ocasionados por el pleito entablado entre el Monasterio de Rioseco y los vecinos de Masa, por los repartimientos que estos hacen a los granjeros de Quintanajuar. Curiosamente, este fraile no aparece en la relación de priores elaborada por Orencio González Carballeda.

Fray Edmundo Ladrón de Guevara era el prior que figura en dos documentos de 1793, relativos al apeo, demarcación y amojonamiento entre el priorato de Quintanajuar y los Concejos de Cernégula y Quintanaloma, así como del término comunero de la Vega de San Pedro de Cardeña. Fray Edmundo fue prior durante tres años (1792-1795).

Fray Fernando Patiño era prior de Quintanajuar en 1822, cuando el entonces arzobispo de Burgos, Manuel Cid Monroy, le concede la permanencia en dicho pueblo por un tiempo de tres meses, para que ejerza como cura servidor en su iglesia parroquial; años después, en 1824 y 1828, el arzobispo le renueva la licencia para que continúe ejerciendo de cura para dicha iglesia hasta que se produzca un nuevo nombramiento.

[hay que tener en cuenta que en 1820, al comienzo del Trienio Liberal, las nuevas Cortes habían aprobado la supresión y extinción de las órdenes religiosas en España; es por ello que en el citado documento de 1822, el arzobispo de Burgos se refiere al padre Fray Fernando Patiño como "ex monje profeso de la Orden de San Bernardo y su Monasterio extinguido de Rioseco y cura servidor de la iglesia parroquial de Quintanajuar"; posteriormente, en 1823, reinando Fernando VII, se había decretado la devolución de los bienes pertenecientes a las órdenes religiosas que no se hubieran podido vender, por lo que en los documentos de 1824 y 1828 el tratamiento dado por el arzobispo de Burgos a Fray Fernando Patiño vuelve a ser el de "monje bernardo, y prior nombrado por su abad de Rioseco"]

El último prior de Quintanajuar fue Fray Alberto de Santillana, que se mantuvo en el cargo durante el último año de vida (1834-1835) del Monasterio de Rioseco, cuando fue definitivamente suprimida la citada Comunidad.


Archivo Fotográfico de la Fundación Monasterio Santa María de Rioseco





FUENTES

-Quintanajuar (mi pueblo). Orencio González Carballeda. Burgos (2007). Libro autoeditado por el autor

-Monasterio Cisterciense de Santa María de Rioseco. Valle de Manzanedo-Villarcayo. Historia y Cartulario. Inocencio Cadiñanos Bardeci. Asociación Amigos de Villarcayo (2002)

-El patrimonio heráldico de la Congregación Cisterciense de Castilla. José Ignacio Rodríguez. Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Madrid (2017)

-Gran propiedad rústica en Burgos. José Luis Moreno Peña. Caja de Ahorros Municipal de Burgos. Burgos (1992)

-Biblioteca Virtual de Castilla y León: Diario de Burgos (22-09-1936; 21-09-1978); Boletín Oficial de la Provincia de Burgos (13-10-1885; 18-12-1926; 16-01-1931; 24-09-1936; 16-03-1937; 14-12-1939; 03-04-1941; 11-04-1967; 21-09-1978); Censos electorales de la provincia de Burgos 1890-1905, 1936 y 1946.

-Archivo Diocesano de Burgos: libros parroquiales de Quintanajuar: Libros de bautizados I (1702-1797) y II (1878-1925); Libros de Casados I (1710-1848) y II (1915-1925); Libro Índice de Casados (1852-1889)

[faltan los libros de bautizados correspondientes al periodo 1797-1878; también los libros de casados 1848-1862 y 1889-1915; y los libros de finados 1889-1894]

-fototeca.cnig.es: vuelos Americano (16-08-1956), IRYDA (noviembre 1977); vuelo Nacional (09-03-1985); vuelos PNOA (24-06-2009)

-centrodedescargas.cnig.es: planimetrías del término municipal de Cernégula (1911); MTN50-H167 (1955, 1960); MTN25-H167-II (1996, 2009)

-Quintanajuar, pueblo en el olvido (facebook)

-Cernégula, pueblo de las brujas (facebook)


La iglesia de Quintanajuar, con la única y fiel compañía de su vieja amiga, la Peña de San Martín



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